viernes, 29 de mayo de 2020

LA ESCLAVA DE LA MARQUESA DE DAI


El hombre había pedido un préstamo a su señor el marqués de Dai para ampliar sus tierras de cultivo esperando una buena cosecha, pero la climatología no le había favorecido durante tres años seguidos y ahora se veía arruinado y sin posibilidad de pagar a tiempo su deuda. Se presentó ante el administrador del señor y le expuso su situación. Éste le recordó cual era el sistema, si no podía pagar tendría que convertirse en esclavo.

Sirviente dinastía Han
Volvió a su casa apesadumbrado y le expuso a su mujer el problema, ya tenían siete hijos pequeños que sin el padre no podrían sobrevivir ¿quién iba a cultivar la tierra? Decidieron que el padre volvería a palacio y le propondría al administrador un cambio.

A la mañana siguiente logró otra entrevista con aquel hombre tan ocupado y le comunicó lo que había acordado con  su mujer. El administrador lo pensó durante un rato, mientras saboreaba una taza de un té aromático que el campesino nunca podría probar y finalmente le dio su aprobación.


Y aquella niña que se había salvado de morir al nacer, solo por el hecho de ser niña, fue la salvadora de la familia. Su padre la llevó hasta el palacio del marqués de Dai y la entregó al portero para que pasara el resto de su vida entre aquellas paredes que encerraban un lujo ni siquiera soñado por una familia de campesinos.

Su trabajo comenzó en las cocinas limpiando, fregando y viendo pasar por delante las cosas que  los señores comían y que ella  ni siquiera sabía que existían. Además de pollos, patos mandarines, gansos,  ovejas,  cerdos y vacas, en esas cocinas se preparaba carne de camello y de animales que se cazaban para ellos como el ciervo sika, la tórtola, el ganso, el búho, la  perdiz de bambú china, la urraca, el faisán común y las grullas. Ella había probado alguna vez pescado cuando su padre no había podido vender todo lo conseguido pero aquí había peces inimaginables  e incluso tortugas. Pero, por supuesto,  nada de eso era para ella, la jefa de cocina repartía las sobras entre el personal pero para ella, recién llegada solo había un cuenco de arroz con algunas verduras y a veces un trozo de carne. En realidad era más de lo que comía en su propia casa así que no tenía motivos de queja.
Sopera y cucharón de madera lacada

Una mañana el personal de cocina se vio diezmado por una intoxicación, todos vomitaban y no paraban de visitar el excusado que había en el patio, así que ella, que era la única que no había comido más que su arroz con verduras, fue la encargada de llevarle el té a la señora. Tuvieron que indicarle varias veces el recorrido que había que hacer para llegar a sus habitaciones y, aunque llevaba la mirada baja, no podía dejar de advertir las cosas maravillosas que se extendían a su alrededor. La señora la miró detenidamente y le preguntó por su situación, ella contestó sin levantar la vista incluso cuando los dedos de larguísimas uñas le tomaron la barbilla para observarla mejor. La despidió con un gesto y ella regresó a la cocina.

Pero esa misma tarde le hicieron presentarse en las oficinas del administrador quien le dijo que la señora quería que pasase a su servicio personal, ella amaba profundamente las cosas hermosas y la niña se lo había parecido, quería tenerla a su lado cuando abriese los ojos por la mañana para deleitarse contemplando su pequeña boca roja y sus ojos de almendra.

Jarrón
Lo primero que hicieron fue llevarla a bañarse cuidadosamente y cambiaron su sencilla ropa de algodón por otra de seda. Falda muy larga por detrás, blusa corta, una  túnica de una sola capa, calcetines y zapatos, además de ropa interior blanca. Entró en las estancias de la señora y ésta le indicó un colchón en el suelojunto a su cama, con una cubierta acolchada de seda y un almohadón,  allí dormiría permaneciendo atenta a lo que ella pudiera desear incluso en medio de la noche.

Pronto aprendió a satisfacer todos los deseos de su señora con prontitud porque ella siempre tenía a mano un abanico con el que golpearla si se retrasaba o un bastón de madera lacada y cubierto de dibujos de madreperla, de apariencia delicada pero duro como una estaca y eso lo sabían bien sus costillas y sus piernas.

La marquesa, al contrario que la mayoría de las mujeres de la nobleza, sabía leer pero con el tiempo su vista había empezado a decaer. Decidió que su esclava personal aprendiera a hacerlo para que pudiera leerle los textos de su predilección, el Tao Te Quing y los escritos que los maestros taoístas le hacían llegar. Recientemente había recibido de ellos un tratado sobre el Chi Kung y sus movimientos que ayudaban a mantener la vitalidad y la buena salud y estaba muy interesada en seguirlo por lo que llamó al maestro que se lo había enviado para que les enseñara a practicarlo. Al amanecer ambas salían a la galería orientada al este y tras convocar a los ancestros taoístas, comenzaban la práctica presidida por una pintura en seda que representaba los diferentes ejercicios.

Al atardecer la joven sacaba de un arca de madera lacada, los textos que su señora quería leer esa noche, podían ser de filosofía, historia, ciencia o cualquier otra materia en la que estaba bien instruida. A veces tenía que hacer una consulta sobre la decisión a tomar con respecto a algún asunto de importancia, entonces pedía que le llevara el I Ching, El Libro de los Cambios y los 52 tallos de milenrama necesarios para llevarla a cabo.

Bandera "ropa voladora"
Estas lecturas se hacían en la sala presidida por una bandera en forma de T que había dispuesto se pusiera sobre su sarcófago el día que muriera porque representaba el viaje al más allá. En la parte superior estaba representado el Cielo, presidido por los héroes fundadores Fu Xi y Nü Wa; la parte media, el mundo, en donde se describía el viaje que la dama Dai haría hacia el más allá y la inferior mostraba el inframundo, en el que habitan dos serpientes entrelazadas. En las esquinas se encuentra el cuervo que simboliza el Sol y el sapo que simboliza la Luna, el apareamiento del Sol y la Luna representa las fuerzas cósmicas del yin y yang. Esta bandera recibía el nombre de “ropa voladora”.

Un día, mientras estaban enfrascadas en la lectura, el sirviente personal del señor de Dai pidió permiso para entrar en el aposento, era tan inusual el pedido que enseguida pensaron que algo fatal había sucedido. Así era, el marqués había fallecido. Enseguida se dispusieron todas las ceremonias que había que llevar a cabo y los arreglos de la tumba que ya tenía preparada, así como todas las ofrendas que habría que depositar en ella.

Una vez que los rituales hubieron concluido, la marquesa dispuso que construyeran su propia tumba en las inmediaciones de la de su marido pero mientras estaba en construcción, su hijo mayor también falleció lo que le obligó a modificar el proyecto para acogerle también a él.

A pesar de la práctica continuada de Chi Kung, la salud de la marquesa no hacía más que empeorar. Los maestros le recomendaban una dieta que ella no seguía porque comer le producía un placer extremo y probar nuevas recetas era una de sus pasiones. Ahora que ya había cumplido 50 años, tenía obesidad mórbida, grandes molestias digestivas producidas por cálculos biliares y dolor en las articulaciones producido por la arterioesclerosis que padecía.

Reconstrucción ejercicios de Chi Kung
Día a día su estado de salud iba empeorando, cada vez se fatigaba más y el corazón se le aceleraba al realizar el más mínimo esfuerzo, se dio cuenta de que su tiempo en la tierra se acababa. Le pidió a la muchacha que le llevara todo lo necesario para redactar un documento; en él le concedía la libertad y le dejaba el suficiente dinero como para que pudiera llevar una vida decorosa, con la condición de que estuviera con ella hasta su muerte y se encargara de que todo lo que deseaba llevarse a la tumba estuviera dispuesto. También tenía que estar presente cuando todo se depositara dentro de ella, para asegurarse de que nadie se quedaba con nada.


Al poco tiempo su corazón no aguantó más y se desplomó en medio de su dormitorio. Inmediatamente se activó todo el protocolo para prepararla para su último viaje. Había dispuesto que la vistieran con una blusa de gasa tan fina que era posible ver a través de ella y que la envolvieran en veinte capas de ropas para todo tipo de climatología, fijadas por nueve cinturones. Así la sumergirían en un sarcófago de madera de pino en el que habían depositado ochenta litros de un preparado a base de un compuesto ácido rico en magnesio que preservaría su cuerpo.

Reconstrucción de la tumba
Sobre este sarcófago se colocaría su bandera funeraria en forma de T y después se introduciría en otro y así hasta cuatro. La cámara mortuoria, también hecha de madera y losas de hasta 500 kilos, tenía dos estancias, una para el cadáver y otra para depositar todo el ajuar. Estuches de aseo con trípode, jarrones, cucharas, paletas, copas y vasos, jarras, bandejas y abanicos todo en madera lacada, piezas de seda y vestidos. Instrumentos musicales como una cítara, un órgano de 22 tubos y varias cornamusas.  Ciento sesenta y dos figurillas de madera y varias maquetas funerarias. Tampoco faltaron sus libros preferidos, dos ejemplares del Tao Te King y uno del I Ching, además de un manuscrito de medicina, numerosos rollos de filosofía taoísta y otros de geografía, estrategia militar, astronomía o adivinación, incluso algunos sobre la forma de las nubes o de fisiognomía para caballos
Tampoco podían faltar sus hierbas medicinales y sus platos favoritos, guisos de verduras y carne cocinados en vasijas, estofados de carne de vaca y arroz, de carne de perro, de apio y de venado, pescado y brotes de bambú. Arroz, trigo, cebada, dos variedades de mijo y soja, azúcar, miel, salsa de soja y sal.

Su cámara, junto con las de su esposo e hijo, se cubrieron con grandes planchas de ciprés, unos veinte metros de tierra compacta y varias capas de carbón y arcilla blanca. Toda esta preparación hizo que se conservara extraordinariamente bien todo el conjunto. Los documentos nos han permitido saber que el personaje allí enterrado con un lujo extraordinario era Xin Zhui, esposa de Li Cang (segunda mitad del s.III-185 a.C.), primer ministro del Estado de Changsha (202 a.C.- 7 d.C.) durante la dinastía Han del Oeste y Marqués de Dai. Su cuerpo muy bien conservado, tenía la piel todavía húmeda, pelo, cejas y pestañas. Su sangre, del tipo A, se mantenía roja y fluida dentro de su cuerpo y sus órganos internos, que la autopsia reveló “como los de una persona fallecida apenas una o dos semanas atrás”, no mostraban signos de corrupción. Murió a principios del verano y su última comida fué un melón del que su estómago conservaba 138 semillas.
 
La Marquesa de Dai

viernes, 22 de mayo de 2020

LOS AMANTES DE SUMPA


El niño tenía cinco años y esperaba expectante el nacimiento de la nueva criatura. Su cabaña estaba junto a la de la mujer que iba a parir y a él le gustaba mucho mirarla, era hermosa y cariñosa con él y siempre tenía algo para darle cuando estaba enfadado o triste, una concha bonita, un puñado de caracolillos de mar o una fruta.

Las mujeres entraban y salían de la cabaña apartándole cada vez con menos cariño, hasta que le gritaron que se fuera por ahí a jugar y dejara de molestar. Las mujeres siempre gritaban cuando estaban de parto, era lo normal, pero los gritos de esta le llegaban al alma y solo quería que aquello acabara de una vez. El llanto de un bebé acabó con todo aquello. Corrió hacia la puerta de la cabaña y en cuanto pudo, se coló dentro. La mujer lo vio y le llamó

─ Mira qué cosa tan bonita tengo para ti- le dijo mostrándole a la niña recién nacida.
─ ¿Para mí? – se asombró él. Yo no puedo darle la teta, ni bañarla, ni hacerle nada.
─ Bueno, todo eso lo haré yo pero tú podrás cuidar de ella y enseñarle todo lo que sabes porque eres mucho más mayor y para cuando ella pueda aprender cosas, aún lo serás más. ¿La cuidarás cuando yo esté ocupada?

Embarcación
El niño asintió muy seriamente y se propuso hacerlo sin dudarlo ni un momento. Cuando se madre salía a recolectar siempre la llevaba consigo atada a su espalda, a veces la dejaba en el suelo envuelta en una fina piel de zorro para descansar y adelantar el trabajo, entonces aparecía él, como de la nada, para sentarse a su lado mirándola fijamente. La madre sonreía y cuando acababa su tarea le daba una recompensa, una fruta o un puñado de bayas que él recogía agradecido aunque su mayor recompensa era mirar a aquél ser pequeñito que, cuando estaba despierta, le miraba fijamente y le dedicaba algún gorjeo. 

Al correr del tiempo el niño siguió fiel a su promesa y los dos se convirtieron en inseparables. Juntos iban a pescar y él le enseñó a hacer redes de atarraya con las que era muy fácil pescar en la misma orilla del mar o en los esteros, y anzuelos de espinas de cactus para pescar con caña desde las rocas donde batía el mar. A distinguir los caracoles más ricos de los que solo servían para jugar una vez vaciados o para hacer colgantes y también a cazar.

Al principio cazaban piezas pequeñas como ranas, sapos, culebras o lagartijas y cuando ya adquirieron maestría, loros, conejos o ardillas. Los venados y los antílopes estaban reservados para los hombres adultos pues su captura constituía todo un honor. Sin embargo los zorros estaban al alcance de los adolescentes que se afanaban en lograr esquivar la astucia de esos animales y hacerles caer en sus trampas. De ellos no solo se consumía la carne, la piel era muy apreciada así como los dientes que se utilizaban sobre todo en las ceremonias fúnebres. A veces incluso conseguían cazar un oso hormiguero.

Red de atarraya
Ambos habían desarrollado una gran habilidad para hacer sus armas de caza. Para las jabalinas y lanzas buscaban la madera más resistente y ligera a la vez, para que volara como el viento y se clavara con precisión en el blanco elegido. Los cuchillos para desollar las piezas cobradas los hacían con tiras de cañas que afilaban con sumo cuidado hasta que eran capaces de cortar una hoja en el aire.

La comida era un verdadero festín, siempre había algo delicioso que llevarse a la boca, ya fuera carne, pescado, vegetales o frutas que crecían sin ayuda de nadie. El maíz era el menos abundante pero estaba tan rico que pronto aprendieron a cultivarlo para tenerlo disponible siempre que quisieran. Unos viajeros que venían de tierras del norte, les enseñaron a utilizar bien ese grano para que fuera un buen alimento. Primero había que cocerlo con agua y cal para después con esa masa hacer tortillas, pero ellos también lo comían asado al fuego y estaba igualmente delicioso.

Para cultivarlo su pueblo había ideado unas herramientas hechas con grandes conchas marinas que hendían fácilmente la blanda tierra. Ellos también colaboraban en esta tarea porque siempre querían aprender nuevas cosas. Y casi sin darse cuenta ya eran adultos y les llegaba la hora de emparejarse. A nadie se le ocurrió la idea de buscarles pareja, todos sabían que eran el uno del otro sin lugar a dudas y solo había que levantar su propia cabaña y disponer la fiesta de la unión en la que todos sin excepción participarían.

Anzuelos
Una mañana fueron al bosque a buscar todo el material necesario para hacer su cabaña, sus amigos les acompañaron para poderlo llevar al poblado en el mismo día. Estaban tan impacientes por verla terminada que al regresar ya querían comenzar a levantarla, pero sus compañeros les hicieron ver que pronto se haría de noche y era mejor esperar al día siguiente.

Apenas había despuntado el día cuando comenzaron  la tarea. Alisaron bien el terreno y cavaron una zanja circular donde asentar las ramas largas y flexibles que dispusieron en alto alrededor de un punto central, amarrándolas sólidamente. Luego fueron cubriendo el espacio entre ellas con hierba y otras ramas más pequeñas hasta que la superficie quedó completamente cubierta. El hueco de la puerta lo colocaron, al igual que las demás cabañas, en dirección nordeste porque ese era el punto donde menos soplaba el viento. Cuando acabaron la miraron con satisfacción y alegría. Les había quedado perfecta, tenía un diámetro de un metro y medio, el tamaño ideal para estar cómodamente los días de lluvia intensa y resguardarse del viento en las noches de la temporada seca.

Y su vida en común continuó sin sobresaltos, cada día participaban en las tareas comunales, pescaban y se bañaban en el mar entre risas y juegos. Otros días salían a cazar o a recoger vegetales y aunque esta era una tarea que solían hacer solo las mujeres él las acompañaba porque no quería estar separado de ella ni por un momento, seguía teniendo en su mente la promesa que le hizo a la madre el día de su nacimiento.

Cabaña
Pero un día ella enfermó y nada pudo hacerse para que sanara. Se sintió morir y se abrazó a él con fuerza.
─ Tengo miedo- le dijo
─ No lo tengas, yo estoy aquí y no me voy a separar de ti ni por un momento. Si tú mueres moriré contigo, haremos el viaje juntos.

Así sucedió,  ella hundió su cabeza en el pecho de él y la cubrió con su  brazo izquierdo. Él le rodeó la cintura con su brazo derecho y le pasó la pierna derecha sobre la cadera. Ella expiró y él se dejó morir sin moverse y sin dejar de acariciarla.

Los enterraron al lado de su casa, con la cabeza hacia el este y respetando su postura. Sobre los cuerpos depositaron seis piedras grandes para que les protegieran en el camino que tenían que recorrer. Él tenía 25 años y ella 20 y no habían dejado de quererse ni un solo día.

Vivieron en el extremo occidental de la península de Santa Elena en Ecuador hace unos 10.000 años.




jueves, 14 de mayo de 2020

LOS HERMANOS DISCAPACITADOS

La llegada del verano, después de tantos meses de frío intenso y nieve que lo cubría todo, era celebrada por todo el grupo con intensidad. Era la época de recolectar los frutos, bayas y raíces que ahora asomaban, las hierbas medicinales  y las setas que la chamana usaba para sus sesiones con la Diosa Madre de todas las cosas. Todos participaban en estas tareas que eran un motivo de regocijo. Y cuando el verano avanzaba y la despensa se había ido llenando era también el momento de celebrar uniones y festejarlas colectivamente.                                       
                                                  Los niños de Sungir. Reconstrucción de Visual Science
A ella le tocaba ese verano, ya había recibido el anuncio de la Diosa en forma de la sangre que le llegaba cada luna y estaba preparada y emocionada. Tendría su propia cabaña hecha con las pieles de los renos y los huesos de los mamuts que habían cazado durante el invierno y si no fueran suficientes irían al sitio donde iban a morir los más viejos; allí recogerían los huesos largos que sostendrían las pieles y también los pequeños con los que harían un suelo que después también cubrirían con pieles, dejando un espacio en el centro para el fuego donde cocinarían y que también les calentaría, ese fuego que alimentarían con huesos de mamut.

Aquel invierno ella se había entrenado en la caza, glotones, zorros árticos, ardillas, marmotas y algún lobo gris pero todavía no había empezado con los grandes animales como los bisontes, los renos y por supuesto los mamuts, los más difíciles no solo por su tamaño sino también por su inteligencia. Cuando adquiriera más fuerza y destreza podría acompañar a los hombres para ir aprendiendo sus estrategias.

Había elegido los dientes y las patas de los zorros más bonitos para hacer adornos que el día de su unión regalaría a su hombre. También había seleccionado las partes del marfil de mamut idóneas para hacer cuentas, que cosería a su traje de ceremonia y collares para él y para ella. Era una buena artesana y disfrutaba con ese trabajo que no todos eran capaces de hacer. A ella le había enseñado su madre y a ésta su abuela y así hasta perder la memoria de quién había empezado a hacerlo. También era hábil  tallando figuras de animales y bastones de marfil, que guardaba para las ceremonias que lo requerían.

Recreación de poblado

Y el día de su unión llegó sin que ella supiera hasta ese momento a quién habían elegido como su compañero. Esperaba que fuera el joven fuerte y atlético que había destacado en la caza durante el invierno, pero también podía ser ese otro de mirada dulce y por el que se sentía fuertemente atraída. Su sorpresa fue muy grande cuando le anunciaron que sería el líder del grupo que había quedado solo al morir su compañera en un accidente de caza. Era un hombre que a ella le pareció demasiado mayor pero no tenía más remedio que aceptarlo, era él quien la había elegido y eso suponía un gran honor.

Después de que la celebración concluyera, empezarían los preparativos para trasladar el campamento al emplazamiento del invierno siguiente, nunca pasaban dos inviernos seguidos en el mismo sitio. Los mamuts y muchos de los animales que servían de sustento al grupo, se trasladaban. Pero todos volverían al otro invierno porque el lugar era bueno, tenía agua no solo del río sino también de manantiales que se alimentaban del deshielo primaveral y que permitían que crecieran las plantas que tanto los animales  como ellos necesitaban para alimentarse.

En el siguiente invierno, las mujeres se prepararon para atenderla en el parto de su primer hijo, pero el nacimiento se retrasaba. Ya había superado con creces los diez meses lunares que duraban los embarazos y eso les preocupaba, el bebé sería demasiado grande para su cuerpo casi de niña. Por fin llegó el parto, doloroso y lento, muy lento, las mujeres se afanaban masajeando su vientre y preparando sahumerios con plantas que le ayudaban a respirar mejor, pero el bebé no salía por mucho que ella se esforzaba y así pasó un día entero hasta que por fin la criatura logró nacer.
Caballito y bastones

Enseguida vieron que no era un bebé normal, respiraba afanosamente y tenía un color lívido, no lloró como el resto de los recién nacidos, apenas un gañido sin fuerza, pero sobrevivió y su madre consiguió, no sin esfuerzo, que se pegara al pecho rebosante de leche.

El niño fue creciendo pero nunca fue capaz de caminar. Respiraba con un ruido sordo y no era capaz de articular sonidos, tampoco engordaba como los demás, pero ella lo cuidaba tiernamente, era su niño, su primer hijo.

En el invierno siguiente cuando supo que de nuevo estaba embarazada, sintió tanto miedo como alegría. No creía tener fuerzas para soportar otro parto como el anterior pero, se dijo que no tenía por qué ser así necesariamente, su cuerpo se había ensanchado y era más fuerte que entonces. Esta vez todo saldría bien.

Efectivamente el parto fue mucho más rápido pero cuando miraron a su hijo, vieron que tampoco este era un niño como los demás. Sus muslos eran muy cortos y estaban anormalmente arqueados, nunca podría caminar tan ligero y rápido como debía hacerse en los desplazamientos periódicos del grupo.

Al destetar a su hijo mayor descubrió que el niño no era capaz de masticar, no tenía fuerza en la mandíbula y a duras penas podía tragar gachas. La chamana reunió a los miembros del grupo y les confirmó lo que ya suponían, los niños que nacen con dificultades que les convierten en tullidos y los que nacen ya tullidos, son hijos de la Diosa Madre, sus hijos preferidos. Han sido elegidos por Ella y esa era su manera de distinguirlos del resto. Todos se afanarían en ayudarles a salir adelante.

Cuando el niño mayor creció, le construyeron unas parihuelas acolchadas con pieles de reno para llevarle en los traslados de campamento y todos se turnaban para hacerlo. También ayudaban al pequeño llevándolo a cuestas en los tramos más difíciles. Y así alcanzaron los 10 y 12 años respectivamente.
Cuentas de collar y colgantes

Y un día los pequeños amanecieron con mucha fiebre y el problema que el mayor tenía para respirar, se agudizó de tal manera que su madre temió por su vida. El padre fue a buscar a la chamana que le entregó unas hierbas para que tomaran en infusión y otras para hacer sahumerios. Pero no solo no mejoraron sino que el padre también enfermó de la misma manera y al cabo de unos días los tres murieron.

Todo el grupo se preparó para el entierro. Ella tuvo que confeccionar rápidamente las cuentas que le faltaban para adornar el traje ceremonial con el que iban a enterrar a los tres, los niños por ser hijos de la Diosa y él por ser el jefe del grupo. También recogió un caballo que su hijo menor estaba tallando en marfil pero que, como no tenía la destreza de su madre, no había alcanzado un buen resultado y lo mismo le pasaba a un disco que había intentado tallar.

Necesitó más de 13.000 cuentas que cosió a los trajes  y muchos colmillos de zorro que cosió a los gorros de ambos niños. Utilizó más de 250 dientes de zorro polar para adornar el cinturón de su hijo menor. Una vez vestidos, les colocó varios collares de cuentas de marfil y engarzó sus capas con placas, también de marfi,l con la  forma del mamut al que pertenecieron, asimismo les puso 20 brazaletes del mismo material.

Se cavó la tumba larga y estrecha y se les colocó cabeza contra cabeza para que se protegieran en su viaje al encuentro de la Diosa Madre y con las manos cruzadas a la altura de la cintura. Sus cuerpos fueron cubiertos con ocre rojo y dispusieron una lanza para cada uno y dos bastones de marfil para que se ayudaran en su caminar por esos senderos desconocidos. Sobre el pecho de cada uno colocaron los huesos del fémur de un hombre que había sido un buen corredor.


El padre fue enterrado en las proximidades de la tumba de los niños, con un traje que llevaba 3.000 cuentas de marfil, 12 colmillos de zorro perforados, 25 brazaletes también de marfil y un colgante de piedra. Su cuerpo fue cubierto asimismo de ocre rojo y sus brazos cruzados, al igual que los de sus hijos, a la altura de la cintura.

En total fueron utilizados 80.000 objetos diferentes y todo sucedió hace unos 29.000 años en Sungir, aproximadamente a unos 200 km al este de Moscú, en las afueras de Vladimir, cerca del río Klyazma.

miércoles, 6 de mayo de 2020

LA VIAJERA DE LA EDAD DEL BRONCE

La niña tenía ocho años cuando fue elegida para servir en el santuario. En él se desarrollaban varias ceremonias marcadas por el paso del sol, que regían el calendario agrícola de la región. Además eran de especial celebración dos días, el más largo y el más corto del año, en estas ocasiones no solo acudía la gente de la aldea y de las aldeas limítrofes, también acudían gentes de muy lejos.
Disco solar, broche de cinturón
El recinto estaba hecho con troncos de madera que formaban una empalizada circular con dos entradas, una al este y otra al oeste que daban paso a un amplio espacio público. El segundo círculo protegido por otra empalizada con entradas al NNE, SSO, NO y SE, estaba destinado exclusivamente al sacerdocio donde se llevaban a cabo sacrificios y se depositaban ofrendas rituales.  El siguiente  círculo estaba marcado por troncos que formaban dinteles y el acceso estaba restringido a las personas que tomaban parte en los rituales públicos. El espacio central estaba destinado exclusivamente a los sacerdotes y sacerdotisas y en él se alternaban las estructuras adinteladas.
Al principio la niña, junto con otras, tenía que ocuparse de distribuir el agua entre los asistentes del primer círculo y cuidar de que nadie traspasara el área. Con el tiempo su responsabilidad fue aumentando hasta convertirse en sacerdotisa, momento en el que recibió un disco solar de bronce, decorado con círculos concéntricos y espirales entrelazadas que se utilizaba como hebilla de cinturón. Era el emblema de su condición visible por todos.
A pesar de su condición de sacerdotisa, la muchacha sabía que su futuro, como el de muchas de las mujeres de su clase, estaba fuera de sus fronteras. Era costumbre muy extendida que los hombres se unieran con mujeres procedentes de los pueblos con los que mantenían relaciones comerciales y ellas, a su vez lo hacían con los hombres de aquellas tierras. Pero ella se sentía profundamente identificada con los rituales de su religión y no quería verse apartada de sus ceremonias.
Recreación de la vestimenta
Tampoco quería alejarse de los bosques  que eran la seña de identidad de su tierra, en ellos encontraba su razón de ser. Los árboles centenarios le servían de inspiración y de consuelo cuando estaba triste, entendía muy bien por qué en épocas pasadas las gentes basaron su religión en ellos, albergaban espiritualidad y sabiduría, habían visto tantas cosas en su larga vida que era fácil imaginar que tuvieran un poder superior.
Sin embargo el día llegó y le fue anunciado que debería desposarse con un hombre de las lejanas y frías tierras del norte que miraban al mar[1]. No había ninguna posibilidad de negarse por lo que aceptó y se dispuso a partir.
En el viaje le acompañarían varias personas que iban a hacer intercambios comerciales, de allí traerían el apreciado ámbar y a cambio dejarían lingotes del metal que escaseaba en aquellas latitudes. Una caravana de carros y caballos se puso en marcha al amanecer.
Entre sus pertenencias la muchacha lleva como su mayor tesoro el máximo emblema de su religión, una representación del carro solar. Tirado por un caballo el carro porta un disco dorado que representa al sol en su viaje diurno tras haber derrotado a la Oscuridad. Al llegar la noche, el sol cambia de vehículo y es conducido en una barca que navega a través de los mares del mundo inferior, desafiando a los seres amenazantes que lo habitan, para aparecer de nuevo, triunfante, al rayar el alba.
También llevaba consigo una resolución, no abandonaría para siempre su tierra y sus deberes como sacerdotisa, hablaría con su futuro marido y le haría ver lo ineludible de su labor, quizás consiguiera que él aceptara a otra  mujer, ella conocía a varias que estarían encantadas de ocupar su lugar. Su padre ni siquiera había querido discutirlo con ella, había dado su palabra y bajo ningún concepto se podía romper, su honor estaba en juego.
Reproducción del féretro
El largo viaje lo hizo en su mayor parte a caballo, así podía adelantarse a los lentos y pesados carros y estar sola, a pesar de las recomendaciones de sus compañeros de viaje, que le intentaban advertir de los peligros que le podían acechar. Ella prefería el riesgo a estar escuchando las monótonas conversaciones de aquellos hombres y sus chistes y bromas de mal gusto. Lo cierto es que nunca le pasó nada que tuviera que lamentar.

Y al fin llegaron a la que iba a ser su nueva tierra, Los recibieron jubilosamente, no en vano estaban deseando recibir el ansiado metal y enseguida le presentaron al que iba a ser su esposo. No era malcarado, tenía buena presencia, era fuerte y de pelo rojo y, sobre todo, tenía una hermosa sonrisa.
Comenzaron su vida en común, aprendiendo el uno la lengua del otro, él quería de veras establecer un buen vínculo con ella y esa era su manera de demostrárselo. Cuando al fin pudieron mantener una conversación fluida, ella le habló de su tierra, de su labor y de lo importancia que tenía para ella. Él no quiso ni siquiera considerar la idea de cambiarla por otra, se había enamorado de verdad. Lo cierto es que a ella le había pasado lo mismo pero no por eso quería renunciar a sus planes.
Después de mucho discutir, llegaron a un punto intermedio, ella podía marchar a su tierra para participar en las ceremonias importantes para luego regresar. Y así lo hicieron. Los dos años siguientes viajó no solo a su tierra, también se desplazó por las tierras del norte para fundar santuarios e instruir a las sacerdotisas del culto.
El enterramiento
En el que sería su último viaje a su tierra natal, se demoró más de lo previsto, descubrió que estaba embarazada y al poco tiempo sufrió un aborto. Finalmente se recuperó pero su salud se había resentido seriamente y al cabo de cuatro meses de su llegada murió.

La ropa
Hicieron llegar la noticia a su esposo que, en cuanto lo supo quiso que le enviaran su cuerpo, quería enterrarla allí y darle todos los honores que su rango merecía en la que había sido su tierra de acogida. Un grupo numeroso trabajó construyendo el túmulo donde iba a reposar; veintidós metros de diámetro y cuatro de alto darían cuenta de lo importante que había sido en vida. Ahuecaron un tronco de roble sobre el que dispusieron una piel de buey que acogiera su cuerpo. Lo lavaron y vistieron cuidadosamente con un blusón corto que dejaba su vientre al descubierto y una falda de cuerdas de lana procedente de la gran isla del oeste[2]. Le colocaron el cinturón con el disco solar y sujeto a él un peine de cuerno, no faltaron sus pulseras ni su pendiente de bronce. Añadieron sus agujas de bronce, un punzón de costura y una red para el pelo. La taparon con una manta de lana y dispusieron un vaso de madera que contenía cerveza de miel, trigo y arándanos rojos, su preferida. Todo el conjunto fue cubierto con flores.

Era un hermoso día de verano. Ella, que procedía de la Selva Negra en Alemania, tenía unos dieciocho años y todo sucedió hace 3.400 años en Egtved, península de Jutlandia, Dinamarca.



[1] La actual Dinamarca
[2] Gran Bretaña