miércoles, 13 de marzo de 2013

LA FAMILIA

Cuando amaneció el nuevo día, me sentí tremendamente cansada, llevaba ya más de diez trabajando apenas sin descanso. Había tanto que preparar para ir hasta el santuario junto al río, que no se podía parar ni un momento. Pero la visita merecía la pena, era uno de los acontecimientos más esperados del año. Visitarlo y asistir a las ceremonias que allí se celebraban hacía que las fuerzas se renovaran. 
El santuario está situado en un punto alto y se ve desde lejos. Impresionan sus altas paredes de madera que brillan cuando les da la luz del sol, porque todos estuvimos trabajando en ellas, puliéndolas hasta que quedaron tan lisas que las manos podían deslizarse de principio a fin. Al acercarte ves sus tres puertas, bellamente labradas y te das cuenta de que son dos las empalizadas circulares, una dentro de la otra, que custodian el lugar donde se reúnen los hombres y mujeres que conocen los secretos del sol y las estrellas. La más exterior tiene 71 m de diámetro y la de dentro 56 y están rodeadas por una gran zanja, también circular, porque el sol y las estrellas también lo son, incluso la luna, aunque no siempre lo parezca. 
Allí nos reunimos, junto con las gentes de otros poblados, para ver cómo el primer rayo de sol entra por la gran puerta que se abre en el lado sudeste y nos quedamos para ver cómo se pone por la puerta que se abre mirando al suroeste. Eso solo sucede el día más corto del año y significa que, a partir de ese momento y al igual que lo hace el sol, todo va a empezar a renacer, aunque falta mucho para que los días sean cálidos y largos.
Aún hay una tercera puerta que se abre al norte y por ella pasa el sol trazando un arco hasta que está en lo más alto del cielo. Según dicen, esto les sirve a los sacerdotes para contar el tiempo y así saber cuándo hay que sembrar, cuándo empezar a prepararse para el invierno y muchas otras cosas que nosotros desconocemos. Las puertas son más anchas por fuera que por dentro, están muy bellamente labradas y por ellas no le está permitido pasar a nadie. 
En verano acudimos al Santuario que está más lejos, casi a dos días de distancia, hacia el norte. Allí celebramos el día más largo, cantamos, bailamos y nos reunimos con las gentes de muchos otros poblados. Se acuerdan matrimonios, se intercambian historias, conocimientos y los cacharros, las herramientas y los adornos que hemos hecho a lo largo del año para esta reunión.
Este año, los padres de mi marido y mis hijos no van a poder acompañarnos. Los hombres y mujeres de conocimiento, han decidido que solo acudirán los jóvenes. No nos han explicado por qué es así y, si lo hubieran hecho, posiblemente no lo hubiéramos comprendido porque ellos hablan de cosas que nosotros desconocemos completamente. Nuestras tareas y las suyas son muy diferentes. Pero a los niños les traeremos algo nuevo porque allí, como todos los años, me reuniré con la familia de mi madre y con mis hermanas, que también acuden a la cita con sus familias actuales. Ellas siempre tienen alguna cosa para mis hijosy yo también les llevo a los suyos algo que yo misma he confeccionado porque, debo decirlo, tengo unas manos muy hábiles y siempre se me ocurren cosas nuevas. 
Pero lo que se me da mejor es la cerámica. Enseguida aprendí a hacer las que trajeron unas gentes que venían del este buscando sílex, las decoraban con cuerdas que apretaban contra la pasta todavía fresca. Yo les pedí que hicieran una para mí y enseguida se me ocurrieron dibujos diferentes, lo que las hacia inigualables. Mi marido se sintió muy orgulloso de mí y feliz de que nos hubiéramos encontrado hace ya diez años. 
Ahora tenemos los silos repletos de grano y las tinajas llenas de cerveza, los secaderos de carne están rebosantes y en los almacenes se amontonan los paños, las herramientas y todo lo necesario para comerciar en la feria de invierno. Somos un pueblo próspero que sabe hacer lo necesario para aguardar la llegada de la primavera, sin pasar calamidades durante el crudo invierno. Hay quien dice que esto suscita la envidia de los pueblos de las montañas y que, si un día el hambre les acucia, no dudarán en bajar a apoderarse de lo nuestro, pero nuestros jefes no están de acuerdo y, de momento no han decidido levantar murallas, como han hecho otros para defenderse. 
Una vez acabamos con todos los preparativos, nos dispusimos para partir. Recogí las cosas que iba a llevar y las cargué en el burro. Los quesos que me había tocado hacer, los llevé a la carreta donde se cargaban las cosas más delicadas y finalmente besé y abracé a mis dos hijos y a los padres de mi marido. Me reuní con todos los demás y emprendimos la marcha. Íbamos a estar fuera varios días y era la primera vez que me separaba de mis niños, me volví para mirarlos y los ojos se me empañaron, pero había que mirar hacia delante y eso fue lo que hice. 
Y, cuando me quise dar cuenta, el tiempo se había acabado y era hora de regresar. Me sentí feliz, lo había pasado muy bien en la reunión, me había reencontrado con personas a las que quería mucho y había aprendido cosas nuevas, pero mi corazón anhelaba el reencuentro con los que había dejado atrás. 
Al avistar nuestro pueblo lo primero que sentimos fue extrañeza, nadie corría a recibirnos, ningún niño gritaba el nombre de sus padres y tampoco los míos. Apresuramos el paso mientras mi corazón empezaba a latir con más fuerza y mi respiración se apresuraba dejándome la boca seca. 
Lo que vimos fue tan terrible, que todavía me estremezco al recordarlo. Al ver los primeros cadáveres a la entrada del pueblo, corrí como loca hasta nuestra casa. En la puerta estaba el padre de mi marido, boca abajo en un charco de sangre que ya estaba seca y con un hacha clavada en su espalda. Después vimos que también le habían golpeado en la base del cráneo y que había intentado proteger a la familia porque tenía muchas heridas en los brazos. Al ver que estaba muerto, pasé al interior y allí la vi a ella, con un puñal clavado entre las costillas que le debió atravesar el corazón. Grité porque no quería ver lo que, estaba segura, me esperaba más allá. Habían defendido como habían podido lo que más querían, sus nietos que, sí, estaban tras la cortina que delimitaba su zona de dormir. Ellos tenían un aspecto más apacible, su muerte debió ser rápida y, aunque el terror les habría inundado, ahora reposaban casi tranquilamente. Los abracé con todas mis fuerzas y lloré y grité tanto que me quedé ronca y no pude hablar durante dos días. 
Y así, casi muda, fui hasta el lugar donde enterramos a todos los que habían muerto defendiendo sus vidas y los bienes de todos. Eran trece en total. Decidimos que no reposarían solos, que lo harían acompañados por los que más querían. Enterramos a nuestro hijo de 4 años frente a su abuela y al de 8 frente al abuelo, porque esas fueron sus preferencias cuando estaban vivos. Las cabezas de unos miraban al este y las de los otros al oeste, para que pudieran hacer el camino del sol cada uno en un sentido y pudieran encontrarse cuando estuviera en todo su esplendor. Los acompañaron nuestras lágrimas y nuestro deseo de volver a encontrarnos cuando nosotros mismos recorramos el camino del sol. 
Trece personas agrupadas por familias, aparecieron en la región de Sajonia-Anhalt, cerca de Eulau, en Alemania, 4.500 años después de que fueran enterradas.

viernes, 22 de febrero de 2013

La mujer tatuada

Alfombra
La primera vez que le oyó llorar, la joven de quince años que la llevaba en su vientre, dio un respingo. Aguzó el oído por si se repetía y se palpó el vientre como queriendo comprobar que estaba todo bien. Como así parecía ser, siguió con su tarea. Bordaba con hilo de oro una hermosa tela que había tejido otra mujer del poblado. Era parte de la ropa ceremonial de la shamana y en ella estaba estampando una serie de grifos en lo que sería el bajo de la falda. Los grifos eran un elemento protector y distintivo de las mujeres que ostentaban ese cargo. Tenía que acabar su trabajo antes de que se iniciara el siguiente traslado a través de la estepa, porque ya estaría a punto de parir y la leche, que esperaba fuera abundante, podría manchar el delicado tejido.
La tercera vez que la escuchó, fue a ver a la shamana para decirle que el bebé que esperaba le había mandado la señal. Solo podía comunicárselo a ella y así lo hizo, ni siquiera su madre ni su esposo, lo sabrían.
Desmontaron las tiendas de fieltro y las cargaron en los carros, junto con todos los implementos que utilizaban a diario. Todos montaron a caballo, excepto las mujeres que estaban en avanzado estado de gestación, que iban juntas en un carro acolchado y acondicionado para que los vaivenes de los caminos no les provocaran el parto anticipadamente.
El bebé que esperaba la joven, pareció esperar a que se instalaran en el nuevo emplazamiento para nacer porque lo hizo en la primera noche. La shamana estaba presente, esperando el momento de recogerla en sus brazos para observarla detenidamente en busca de cualquier otro rasgo distintivo de la condición que había anunciado con sus tres llantos prenatales. Pareció encontrarlos, porque anunció a los presentes que su sucesora acababa de nacer.

La niña creció bajo el cuidado y la instrucción constantes de la shamana. Con ella iba a recoger plantas, aprendiendo a distinguirlas, a secarlas y a combinarlas para tratar todas las enfermedades de su gente. Supo cómo entablillar y cuidar un hueso roto. Conoció la posición de las estrellas en el cielo para poder orientarse y orientar a los demás, en caso de que fuera necesario. Aprendió a escuchar e interpretar el canto de los pájaros y los sonidos de los animales con los que compartían el territorio, así como las señales que emitían y que podían predecir los cambios de estación o los fenómenos naturales pero imprevistos, como temblores de la tierra o vientos huracanados. Experimentó estados alterados de conciencia, conseguidos por medio de plantas y hongos, para identificar a su animal totémico y así poder pedirle consejo en las situaciones extremas en las que su pueblo se pudiera encontrar.
Cuando llegó a la edad madura, se sometió a las sesiones de tatuaje que la identificarían para siempre como lo que era. La tatuadora le cubrió de dibujos los brazos y las manos. Con una fina aguja, introdujo bajo la piel el tinte mezclado con ceniza hecha a base de plantas, entre las que había algunas con propiedades cicatrizantes. Al finalizar, frotaba todo el dibujo con una mezcla de grasa y ceniza. En muchas sesiones, grabó un hermoso ciervo en los hombros, continuando, a lo largo de los brazos, con una oveja entre cuyas patas asomaba un leopardo de las nieves, más abajo un caballo y, ya en la mano, una cabeza de ciervo de grandes cuernos que se extendían por el dedo pulgar. Todos en posición vertical y mirando hacia abajo. Para finalizar, repartió pequeñas cabezas de grifo por los dedos.
Botas
Una vez que el trabajo estuvo concluido, se sometió a la ceremonia de consagración en la que le raparon la cabeza que luego cubrieron con una peluca hecha con crin de caballo. La vistieron con la ropa ceremonial que correspondía a su papel y la condujeron a la que, desde ese momento, sería su vivienda personal, una tienda de fieltro cubierta con los mismos diseños que cubrían su cuerpo. A partir de ese momento y hasta el de su muerte su vida transcurriría en la soledad que caracterizaba a su posición.
Al cumplir los 25 años, sucedió algo que no podemos explicar, posiblemente una grave enfermedad, que la llevó a la muerte. Su pueblo le dedicó una atención extremada y compleja para ayudarle a llegar al otro lado y que pudiera continuar desde allí, con su labor protectora hacia ellos.
Prepararon su cuerpo extrayéndole todos los órganos, incluido el cerebro y le sometieron a un proceso de conservación. Una vez concluido éste, la vistieron con las más finas y delicadas ropas. Una blusa larga de seda importada de China, más valiosa que el oro; una falda de casi metro y medio de color rojo intenso en la parte inferior y un poco más claro en la superior, que se complementaba con un cinturón que podía alargarla o acortarla según su deseo; una chaqueta de hermoso diseño, más larga por detrás que por delante y unas delicadas botas blancas hasta la rodilla. Un tocado hecho a base de fieltro, recubierto de tela negra y con aplicaciones de pan de oro, representando el árbol de la vida o axis mundi, coronaba la parte central de su peluca.
Espejo chino
Construyeron una habitación con paredes de madera de alerce, dura y aromática y suelo a base de piedras pequeñas y tierra aplanada. Las paredes las cubrieron con delicadas cortinas y el suelo con una alfombra hecha a base de tiras de fieltro negro, cuidadosamente cosidas, sobre la que depositaron el ataúd, que contenía su cuerpo, confeccionado con la misma madera. Al lado, sobre una mesita labrada con esmero, un trozo de carne de caballo y una pequeña placa de abedul con rabo de carnero. Junto a las carnes, un cuchillo de bronce rematado en un lobo con cuernos de carnero, platos hondos y jarras de cerámica, para que tuviera alimento suficiente en su viaje al más allá y dónde servirlo. En el suelo, un recipiente de madera para hacer yogur, colocado sobre un almohadón para que se mantuviera en posición vertical, en cuyo interior, lleno de yogur, dejaron el batidor que había servido para hacerlo.
Bolsa de cannabis
No olvidaron la bolsa de maquillaje, que colocaron junto a su mano izquierda. En su interior, un cepillo y un lápiz para delinearse los ojos con una mina hecha con mineral de hierro de color azul pulverizado. Para facilitarle la labor añadieron un espejo pulido en una de sus caras y ricamente decorado en la otra con un dibujo a base de hojas acorazonadas, alas y plumas entre cuatro motivos en forma de T, de procedencia china. No debía descuidar su aspecto. Asimismo, incluyeron una bolsa con cannabis para que pudiera seguir comunicándose con su animal totémico.
En vida, su fama como shamana había trascendido los límites de su propio poblado y había tenido que desplazarse por la estepa y a lo largo del río, para visitar otros asentamientos y resolver los problemas que le presentaron. Su prestigio excluía que fuera a caballo, como una mujer carente de rango, así que se desplazaba en un carro lujosamente enjaezado. Ahora iba a seguir necesitándolo porque, seguramente, también en ese otro mundo tuviera que trasladarse de una región a otra. Introdujeron, por tanto, su carro en el túmulo junto con 6 caballos, ensillados y embridados con placas de madera tallada y recubierta de pan de oro. Cubrieron todo el conjunto con piedras formando un túmulo.
Todo esto sucedía en el siglo V antes de nuestra era, en la meseta de Ukok, entre los montes Altai de la Siberia noroccidental, región que hoy está próxima a la frontera entre tres países, China, Kazajistán y Mongolia. La etnia que habitaba esta zona era la Pazyryk y su cultura era la propia de los pueblos nómadas de la estepa. El túmulo fue inundado por el agua que se congeló permanentemente, permitiendo que llegara en este estado hasta nuestros días.

lunes, 11 de febrero de 2013

Los gemelos

La mujer se retiró a su cabaña, sabía que estaría sola porque el resto de su familia estaba trabajando. Los hombres habían salido a cazar mamuts y tardarían varios días en regresar. Con ellos se había ido su prima, una mujer de gran envergadura y fuerza similar a la de cualquier varón quien desde pequeña se había entrenado en el lanzamiento de la jabalina y que, por su gran puntería, figuraba en todas las partidas. Las mujeres jóvenes habían salido a pescar al río y las mayores se habían reunido con los niños pequeños en la vivienda en la que confeccionaban la ropa del grupo. 
Se dirigió al lugar donde estaban su lecho y sus pertenencias. Sacó una bolsa de piel de mamut cerrada con los tendones del animal y de ella extrajo una pequeña figurilla de piedra caliza. Representaba a una mujer de grandes pechos y vientre abultado. Hacía tiempo que la tenía, la había recibido de manos de la chamana del santuario que había en la Gran Cueva, que estaba más hacia el sur siguiendo el curso del río. 
Nunca se la había mostrado a nadie, la sacaba para dirigirle sus plegarias cuando estaba segura de estar sola. Ahora solo tenía una petición pero era de tal importancia, que había relegado cualquier otra a un tiempo futuro para concentrarse solamente en ella. Una vez terminaba, se preparaba las hierbas que tenía que tomar para tratar de quedarse embarazada. El ritual que seguía, acababa cuando la volvía a tomar en sus manos y, después de dedicarle un último pensamiento, la envolvía en un trozo de gamuza suave, teñido de ocre devolviéndola al fondo de la bolsa. 
Tenía ya 18 años y todavía no había parido ningún hijo, si en la siguiente luna todo seguía igual, tendría que ir al santuario. El viaje duraría varios días, pero su esfuerzo siempre se había visto recompensado y no tenía por qué dudar que esta vez fuera a ser de otra manera. Sin embargo, prefería no hacerlo, la primavera se acercaba y eso significaba que habría que cambiar de asentamiento, para seguir a los mamuts en su viaje hacia el norte, donde estaban los pastos de verano. Demasiados viajes en tan poco tiempo. 
Se concentró aferrando con fuerza la imagen entre sus manos, cerró los ojos y se imaginó con el vientre tan abultado como el de ella y los pechos rebosantes para llenarse de leche en cuanto naciera su bebé. Recordó el momento en el que recibió la figurilla de manos de la mujer que dirigía sus plegarias, que les ayudaba a conectar con ese otro lugar, tan real como el cotidiano, donde las posibilidades se cruzaban y se hacían realidad. Lo revivió para tratar de llegar ella sola hasta allí a solicitar eso que tanto deseaba. Volvió a la realidad de todos los días, guardó de nuevo la pequeña escultura y salió de la cabaña. 
Se reunió con las mujeres que volvían del río y colaboró en la limpieza del pescado. Separaron una parte para comerla en el día y prepararon el fuego para ahumar lo demás. De esta manera iban preparando los alimentos que necesitarían en su desplazamiento. Harían lo mismo con la carne de los animales que trajera el grupo de caza. Una vez terminada la preparación se guardaba en bolsas de red muy poco tupidas, que se suspendían de las vigas de hueso de mamut de las cabañas, para que el aire penetrara y ayudara a la conservación. 
Mientras ellas se afanaban, los mayores se encaminaban a las viviendas para encender el fuego que les calentaría hasta el amanecer. Para luchar contra el frío exterior, el suelo estaba rehundido, las paredes tenían una altura de un metro de piedra y el resto era de madera. Las vigas que sostenían el tejado vegetal, eran de hueso de mamut. Sólidas estructuras que podían aguantar el peso de la nieve que se acumulaba en el larguísimo invierno. 
Los días pasaban y los preparativos para el traslado de primavera seguían su marcha mientras ella planificaba el viaje al santuario, por si fuera necesario. Pero no lo fue. A la llegada de la siguiente luna, no sangró, ni tampoco a la otra, cuando ya se encontraban en camino. Al llegar al campamento de primavera estaba completamente segura de que, por fin, iba a ser madre. Ahora, cuando sacaba a la figurilla, era para darle las gracias y pedirle fuerza y salud para que todo fuera bien. 
La reunión con las tribus que ocupaban todo el extenso territorio en el que se movían, se producía a principios del verano. En ella se hacían todo tipo de intercambios, desde los diferentes productos que elaboraban hasta los descubrimientos y las ideas que se les habían ocurrido en el transcurso del año. Se hablaba de todo lo que podía ser de interés para ellos. Los que vivían cerca del río, hablaban de las gentes que lo surcaban, a veces completamente desconocidas, de lenguas extrañas y exóticos objetos. Los que provenían de las regiones más septentrionales hacían lo propio. Los jóvenes aprovechaban para conocerse y, si era posible, emparejarse. 
En el tiempo transcurrido ella había engordado mucho, tanto que las mujeres-medicina pidieron permiso para examinarla, podía ser que fuera a tener más de una criatura y eso siempre planteaba dificultades, muchas veces los partos acababan con la vida de la madre o de los bebés. Ella les dejó que le palparan el vientre y pusieran sus oídos sobre él para tratar de escuchar lo que sucedía en el interior. La mayoría estaba segura de que eran dos los que vendrían al mundo cuando el invierno empezara a desplegarse. Le dieron consejos y preparados para ayudarla en la ardua tarea que le aguardaba. 
Todavía le quedaba una luna para el final del embarazo, cuando notó las primeras contracciones, esperó hasta estar segura de que era el parto lo que se avecinaba y no cualquier otra cosa y, junto con su madre y sus dos tías, se encaminó a la cabaña de la mujer-medicina. Ésta la examinó y confirmó que todo estaba en marcha. 
El parto duró casi todo el día, ella terminó exhausta y apenas con conciencia. Los bebés, dos niños, eran pequeñitos y pesaban muy poco, pero respiraron con fuerza y la abuela y sus hermanas los acicalaron y cubrieron con las suaves pieles que tenían preparadas. Los días transcurrieron y la madre se recuperó, tenía leche abundante pero no suficiente para que aquellos dos pequeños ganaran todo el peso que necesitaban para sobrevivir. Las mujeres que estaban amamantando a sus hijos, acudían a su cabaña ofreciéndose para hacerlo con ellos, pero los bebés solo querían el pecho de su madre y lloraban inconsolables cuando era el de otra. 
Al cabo de un mes, los bebés empezaron a languidecer y terminaron muriendo. La madre, la abuela y todas las mujeres de la familia, se encaminaron hasta una colina cercana al río, un lugar desde donde se podía contemplar todo lo circundante. Cavaron profundamente. Depositaron los cuerpecitos mirándose, para que no se sintieran solos. Encima colocaron un collar con 31 cuentas de marfil de mamut. Espolvorearon todo con abundante ocre rojo y el conjunto lo cubrieron con un omóplato de mamut. Rellenaron la tumba con la tierra y lanzaron una plegaria para asegurar su conservación. Lo último que querían era que terminaran sirviendo de alimento a cualquier animal. 
Su plegaria surtió efecto porque 27.000 años después, los encontró un equipo de arqueólogos a orillas del Danubio en Krems-Wachtberg, Alemania. Era el primer enterramiento de bebés que se había encontrado en el mundo entero.

lunes, 4 de febrero de 2013

Tres reposan juntos

Cuando nació todos pudieron ver que la niña no era como las demás. Su columna vertebral estaba claramente torcida y tenía el brazo izquierdo y la pierna derecha más cortos. Posiblemente tuviera manchas rojas en la cara y parte del cuerpo, porque van asociadas a la enfermedad genética que padecía, pero eso no lo podemos asegurar. La madre la recibió con una mezcla de miedo y de respeto, era un ser diferente, estaba marcado por el Ser Superior que todo lo puede. Tenía el deber de cuidarla y protegerla hasta que se decidiera qué iba a ser de ella.
Avisaron a la chamana de la tribu que la recibió en sus brazos, la miró y se la llevó a su cabaña. Era la única que tenía una individual y de forma diferente a las demás, donde modelaba imágenes en arcilla que luego cocía en un horno rudimentario que se alzaba en el centro de la vivienda. El horno no era más que un hoyo en la tierra y una cubierta abovedada de piedra, donde el fuego alcanzaba la temperatura suficiente para cocer sus obras. También tallaba figuras en marfil y pequeños útiles de sílex. El suelo estaba pavimentado con cantos rodados y una serie de postes sostenían el techo vegetal. La vivienda acogía a otros miembros del grupo, cuando ella lo consideraba necesario, y allí llevaban a cabo ritos acompañados por la música de las flautas. 
En esta ocasión entró sola para observar detenidamente a la criatura y determinar qué hacer con ella encomendándose a ese Ser superior que controlaba las fuerzas de la naturaleza y la vida de todo lo que les rodeaba, incluidos ellos mismos. Salió al cabo de un rato y se la devolvió a su madre, encargándole que la cuidara hasta que llegara el momento de destetarla, entonces debía entregársela a ella. Con el paso del tiempo, las manchas rojizas le fueron desapareciendo y aunque tardó en aprender a andar, finalmente lo hizo aunque con mucha dificultad. Los niños de su edad la ayudaban y la protegían constantemente, sabían que era una elegida. Al cumplir los 3 años, su madre la destetó totalmente y la llevó a la cabaña de la chamana, le dijo que se sentara en la puerta y esperara a que ella le permitiera pasar.
Desde donde estaba se veía todo el poblado, un grupo de cabañas con forma ovoidal y cubierta de pieles, en cuyo centro una abertura permitía salir el humo del hogar. Dentro vivían unas 25 personas, entre adultos y niños, agrupadas en torno a la mujer de mayor edad que era la que tomaba las decisiones familiares. Las cabañas se apiñaban para tratar de no perder el calor, la mayor parte del año hacía mucho frío y durante meses la nieve cubría todo lo que la vista alcazaba a ver. La niña lo miró todo con atención, nunca antes había tenido esa perspectiva. Estaba prohibido acercarse a aquella vivienda, a menos que su dueña lo permitiera expresamente y los niños nunca habían tenido ese permiso. Sentía miedo, no sabía qué le aguardaba.  
La chamana salió, la tomó de la mano y la acogió en su casa. Allí la encomendó a la Divinidad para que, desde ese momento, fuese su servidora. Su dedicación no la excluía de la vida en sociedad, muy al contrario. Todos los días, después de cumplir con los ritos que le enseñaba su maestra, salía a reunirse con el resto de los niños para desarrollar todas las actividades que la vida les imponía. Eran las personas mayores, sin problemas graves de movilidad, las encargadas de enseñarles. Unas veces iban a recoger plantas, así aprendían a distinguir las que eran comestibles o curativas y la manera de recolectarlas. Otras aprendían a tirar con honda, con arcos y lanzas de su tamaño, así como a fabricar trampas para cazar pequeños animales. A veces ayudaban a cocinar a las personas que ese día les tocaba hacerlo. También aprendían a confeccionar la ropa que llevaban, a curtir las pieles y a fabricar los útiles necesarios. 
A medida que iba creciendo, iba haciendo más intensa su relación con uno de los niños que, desde el primer momento, se erigió en su protector ayudándola cada vez que lo necesitaba. La chamana le advirtió sobre ello, recordándole que ella estaba dedicada a la Divinidad y como tal, tenía que unirse al joven que estaba preparando para ese fin, cuando se cumpliera el tiempo prescrito. Pero en aquel entonces, como ahora, rara vez los adolescentes escuchan a los adultos, aunque se trate de chamanes y algo invisible esté en la trama. Así que ella siguió adelante con su relación tratando de disimularla. 
Cuando tuvo su primera menstruación, la chamana la acompañó a la cueva donde se reunían las jóvenes durante ese período y allí la instruyó en lo que se debía hacer en esos días en los que la Divinidad se mostraba de manera más clara. Ya faltaba poco para que llega el día en el que se consumaría el plan que estaba trazado para las personas que, como ella, estaban marcadas por La que Todo lo Puede, desde el principio de su vida. Pero algo irremediable había sucedido. La joven estaba embarazada. 
La chamana se encerró en su cabaña, ayunó y cumplió escrupulosamente con todo lo establecido para alcanzar la iluminación y saber qué hacer. Al cabo de tres días, salió y anunció a todos que el plan seguiría adelante incluyendo al joven responsable del embarazo. La muchacha se uniría al joven que le estaba destinado y cumplirían con todo lo necesario. Así se hizo hasta el ritual final. Cuando llegó el día indicado, los tres vistieron la ropa que se había confeccionado para la ocasión y se encaminaron al lugar destinado a ese tipo de ceremonias.
Unos 26.000 años después volvieron a la luz. Los jóvenes, de entre 17 y 23 años, reposaban juntos. Las cabezas mirando hacia el sur, ella en el centro con el feto todavía en su interior. A su izquierda yacía uno de los hombres, boca abajo. A su derecha, reposaba el otro joven acostado boca arriba, con un brazo sobre el cuerpo de ella. A los tres se les había cubierto la cabeza con ocre rojo, que también cubría los genitales de la mujer, hacia los que apuntaba un cuchillo de sílex, que pudo ser el que les quitó la vida ya que los tres fueron sacrificados ritualmente. Alrededor de sus cabezas, se depositaron dientes de lobo. Sobre ellos se instaló una cubierta de madera y ramas a la que se prendió fuego.
Los sacrificios rituales de personas con malformaciones no eran un hecho aislado, hay muchos ejemplos, sobre todo en Europa central. Este que os he ofrecido se encuentra en Dolní-Vestonice, República Checa.

sábado, 26 de enero de 2013

El taller de la artesana

Aquella mañana salió muy temprano, antes incluso que el sol. Tenía prisa por llegar hasta la cueva que había encontrado el día anterior. Creía que tenía el tamaño adecuado para instalar allí su taller y se encontraba tan cerca del río, a unos escasos 50 metros por encima del lecho, que la recogida de material para hacer colgantes, sería tan fácil como cantar. Ya se había fijado en los abundantes cantos negros y brillantes por el paso del agua, que alfombraban las orillas del río. El propio sudor del cuerpo les haría recobrar ese brillo cuando colgasen del cuello.
Llegó cuando la luz ya iluminaba la entrada de forma triangular, como el pubis femenino y ese era un detalle importante. Estaba orientada al noroeste y tenía una altura de seis metros y una anchura de unos dos y medio. Aunque ella no contaba en metros, eso vendría muchos miles de años después, ese era el tamaño que tenía y sigue teniendo la caverna. 
La entrada, de unos treinta y cuatro metros cuadrados y algo más de diez de altura, era de forma cónica. En su lado sur, se abría un estrecho pasillo de apenas un metro de altura. Sacó la bolsa de cuero suave que llevaba dentro de otra mayor, hecha de cuerdas entrelazadas y de su interior, extrajo las piedras de hacer fuego y el hongo seco que le servía para prender rápidamente. Hizo un pequeño fuego y encendió la lámpara de piedra rellena con tuétano que llevaba preparada. 
Se adentró en el interior y se encontró con una sala circular de unos siete metros de diámetro, cubierta por un techo abovedado de no más de dos metros de altura. Interpretó la forma circular como un buen presagio. El suelo, de arcilla amarilla, estaba impoluto. Nadie había penetrado allí antes que ella y esa también era una buena señal. Más hacia el interior se abría otra sala, pero ella tenía bastante con aquella. Era justo lo que había estado buscando. 
Recogió en los alrededores el material que necesitaba para acondicionarla y, aunque sus compañeros hubieran estado encantados de ayudarla, hizo todo el trabajo sola porque así lo requería su tarea. De sus manos iban a salir los collares que colgarían de sus cuellos, no como un simple adorno, aunque les dotaba de belleza y armonía, sino para otorgarles protección, fuerza y coraje cuando lo necesitasen. Nadie debía intervenir, la cueva tenía que contar solamente con su energía. Así debía ser. 
En los días sucesivos acondicionó el suelo con pequeñas piedras de caliza perfectamente encajadas. En la base del terreno arcilloso excavó un hogar y a su lado colocó una piedra cóncava para utilizarla como asiento y la calzó con otra grande para dotarla de estabilidad. Al lado creó un espacio a modo de despensa, para almacenar comida con la que alimentarse en los largos días de trabajo que le esperaban. Colocó una reserva de lápices de ocre junto a la entrada a la otra cavidad, para utilizarlos cuando fuera necesario. Una vez concluida la obra saldría en busca de material y empezaría a trabajar. 
Recorrió el lecho del río hasta encontrar los cantos que quería, tenía muy claro cómo debían ser, no para ahorrarse trabajo, se trataba de retocar lo que la propia naturaleza había formado, no de doblegarla para que se adaptara a su idea. Los quería de un color único, intenso, sin mancha alguna. Negros como el interior de las cuevas, como la noche sin estrellas, como el miedo que a veces embargaba a su pueblo, para conjurarlo. 
En los días siguientes trabajó cada día, desplazándose desde las cuevas donde vivía con el resto de sus compañeros, hasta aquella que había elegido como su taller. La primera pieza que salió de sus manos, fue una forma femenina. La quería para ella misma, la llevaría colgada mientras trabajara las demás, le ayudaría a inspirarse. Para ello escogió un delgado canto del río, que talló y pulió cuidadosamente. 
Continuó dando forma, puliendo y grabando las piedras seleccionadas. Creó veintitrés colgantes, todos diferentes. Unos de forma rectangular, otros apuntados, otro que recordaba a un canino de ciervo de gran tamaño. Y doce más que unió en un collar de metro y medio de longitud, rematado en dos piezas pequeñas perforadas naturalmente. También limpió cuidadosamente tres incisivos de cabra, hizo una doble perforación en la raíz y los decoró con trazos transversales. Finalmente los cubrió de ocre rojo y los unió en un único collar, de forma que la decoración se pudiera ver de frente. 
Algunas piezas se rompieron al final, al hacerles la perforación para suspenderlos. Cuando le sucedía, le daba tanta rabia que los arrojaba al suelo abandonándolos. 
Una vez concluido el trabajo, pasó a la sala interior que hasta entonces no había hollado, la limpió y barrió escrupulosamente el suelo de arcilla amarilla sobre el que depositó cuidadosamente el gran collar. A una cierta distancia colocó otro formado por dos piezas. 
Nunca sabremos por qué lo hizo ni por qué nunca regresó, tampoco por qué dejó todo impecable, apenas unos restos de huesos quemados en el hogar, los restos de una comida. Pero sabemos que estuvo allí muchas horas, que trabajó meticulosamente siguiendo unas pautas bien establecidas y que tenía una técnica depurada., además de un gran sentido de la estética y presuponemos que era una mujer por razones que harían este relato casi interminable. Solo espero que creáis lo que os digo, o no. Poco importa. La cueva es la de Praileaitz, el río es el Deba y todo esto sucedió hace unos 20.000 años.