jueves, 29 de octubre de 2020

LA MUJER SENTADA

El pequeño grupo en el que nació la niña vivía durante el invierno, junto a una laguna salobre cerca de la costa. No era el único, se podían contar hasta nueve grupos más formados por unas 30 personas cada uno. Los recursos eran abundantes y no había fricciones entre ellos, a veces incluso colaboraban unos con otros. Al llegar la primavera se trasladaban a las tierras más al norte, al borde de los grandes bosques de abetos donde la caza era abundante así como las raíces y los frutos que daban los numerosos arbustos. Allí construían cada temporada sus cabañas con palos y paja para pasar la noche.

Cabaña de verano

Cuando el verano era una realidad, la gente de todos los poblados se reunían para celebrar uniones entre los jóvenes que ya estaban en edad de procrear. A la reunión todos aportaban lo que habían recolectado en los últimos días y allí mismo pescaban en los ríos y cazaban para complementar la dieta vegetal.

Al caer la noche se formaban grupos alrededor de una hoguera y la música surgía inevitablemente. Flautas hechas con huesos de aves, litófonos de piedras pulidas, troncos percutidos y la voz humana se unían para expresar sentimientos y emociones. Nunca faltaban los danzantes inspirados por los ritmos que allí se escuchaban ni los narradores de historias, los favoritos de los niños. Todos celebraban el escaso tiempo en el que la nieve y el frío no estaban convocados.

Estos grupos tenían algo más en común, una chamana que guiaba sus acciones y curaba sus cuerpos, cuando ello era posible y un lugar donde enterraban a los individuos que habían destacado de entre los demás por alguna razón que los hacía venerables.

Flauta de hueso de oso

Cuando la reunión llegaba a su fin, volvían a sus respectivos lugares a continuar con sus actividades hasta que llegaba el invierno, momento en el que todos se trasladaban a las tierras más al sur. También allí levantaban las cabañas invernales de estructura de madera y cubierta de pieles que les resguardaba del intenso frío exterior con la ayuda de una hoguera central y un suelo de piedras cubiertas asimismo por pieles.

Hacía unos años que habían comenzado a llegar otras gentes que les eran desconocidas. De momento se habían instalado a cierta distancia de sus comunidades y no interferían en sus vidas, los veían cuando salían a cazar o a recolectar pero ambos preferían evitar el contacto. Eran gentes muy raras, cazaban pero apenas recolectaban, solo lo hacían en un terreno cerca de sus cabañas donde siempre crecían los mismos vegetales. Quizás en un futuro llegaran a relacionarse pero ese momento aún no había llegado.

La niña de nuestra historia había nacido durante un duro invierno en el que la comida escaseaba y los animales parecían haberse escondido. Solo podían cazar alguna cría extraviada de la manada o algún animal herido o viejo. Todos pensaban que no iban a llegar a ver un nuevo verano, así que decidieron convocar a la chamana para ver si podía adentrarse en el futuro y decirles lo que debían hacer para sobrevivir. La futura madre fue con los demás miembros del grupo y allí, mientras estaban reunidos, se puso de parto. Fue la propia chamana la que la atendió y limpió a la recién nacida. Mientras lo hacía le descubrió una mancha en el centro del pecho. Depositó al bebé sobre la cama en la que habían acostado a la madre y la miró detenidamente. Fue como si la mancha la absorbiera, entró en trance y profetizó lo que iba a suceder en los próximos meses. Cuando volvió a su estado normal, les dijo que aquella niña sería la próxima chamana.

Cabaña de invierno

La niña no la defraudó, desde muy pequeña se quedaba quieta en medio de lo que estuviera haciendo, dejaba la mirada perdida y decía cosas que siempre se cumplían. Todos empezaron a mirarla de manera reverencial. Cuando la chamana comenzó a instruirla, se dio cuenta de que aprendía con una rapidez nunca vista hasta entonces. Aprendió rápidamente a identificar las hierbas que curaban y cómo usarlas, las que ayudaban a las mujeres a parir, las que daban vigor y energía a los débiles y las que servían para inducir al trance.

Cuando llegó el momento, la chamana preparó las hierbas necesarias, las coció el tiempo reglamentario y el líquido resultante, oscuro y amargo, se lo dio a beber a la que ya era una mujer. Juntas salieron de la cabaña y se encaminaron a un lugar desde el que se tenía una visión espectacular del cielo nocturno y allí hablaron hasta que el brebaje hizo su efecto. Ella tuvo la impresión de que caía por una especie de espiral que la absorbía hasta llegar a un lugar en el que el espacio y el tiempo no existían, un lugar en el que no había luz pero tampoco oscuridad, un lugar donde los opuestos se encontraban. También supo cual era su animal totémico, el ciervo, que la acompañaría durante toda su vida.

Allí vio el pasado, el presente y el futuro de su pueblo y supo que estaban destinados a desaparecer, absorbidos por ese pueblo extraño de piel y cabellos claros que solo recolectaban junto a su poblado. También supo que nada de eso era realmente importante y sí lo era el mantener a su pueblo sano, unido y feliz.

Reconstrucción

Volvió al poblado transformada y dispuesta a cumplir con su misión. Se mantuvo junto a la chamana hasta que ésta murió, momento en el que ella pasó a ocupar su puesto. Su clarividencia era tan patente y tan certera que todos los habitantes de la laguna acudían en busca de su consejo, sus medicinas o su simple compañía. En las grandes ceremonias del verano, pintaba su cuerpo y prácticamente desnuda, se sentaba muy erguida frente a ellos que la miraban embelesados aguardando sus palabras. Entonces sus ojos azules irradiaban luz capaz de iluminarlos y llenarles de esperanza y felicidad y sus palabras eran claras como el agua de los manatiales.

Murió a la edad de 35 años y todos los poblados alrededor de la laguna, lloraron su pérdida. La llevaron hasta el cementerio que reservaban para las personas notables y allí la enterraron vestida con un cinturón de 130 dientes de animales y un gran colgante de pizarra en el cuello del que pendía una capa corta hecha de plumas. Le prepararon un lecho de pieles y dos astas de ciervo entrelazadas y la sentaron sobre él con las piernas cruzadas, tal y como ella acostumbraba a hacer. Pintaron su piel oscura con trazos blancos y rojos y la cubrieron cuidadosamente con la tierra.

Así la encontraron los arqueólogos unos 7.000 años más tarde, en Skateholm, cerca de Trelleborg, en Scania al sur de Suecia.