viernes, 26 de junio de 2020

LA PRINCESA CELTA

Reconstrucción del palacio y traslado del cuerpo
Ella había nacido en el seno de una familia privilegiada. Una familia que controlaba el trasiego de caravanas que transportaban el estaño que, procedente de Britania, viajaba hasta Etruria y Grecia; el ámbar proveniente de los países del norte y el vino o la sal que se dirigían a Britania. Hasta allí llegaban las caravanas con sus cargamentos y gran parte de ellas continuaban el viaje a través del río[1] pero siempre dejaban parte de su carga, muy apreciada por las gentes que podían permitírsela.

Sobre una colina de cima plana, se había construido una ciudadela que dominaba los extensos campos agrícolas y las viviendas de los agricultores que la circundaban. Para proteger la indudable riqueza de la ciudadela, se había construido un sistema defensivo realmente impresionante. Fosos y muros de más de 8 metros de espesor con un sistema de piedras y vigas de madera transversales y longitudinales unidas por clavos de hierro, sobre una base de escombro bien asentada y un revestimiento final de piedra que los hacía prácticamente inviolables[2].

La casa donde había nacido era un auténtico palacio compuesto por varios edificios.  El principal, de 35 x 21 metros y 12 de altura, estaba destinado a actividades públicas y los otros a la vivienda propiamente dicha. Las viviendas de los habitantes, estaban  construidas con adobe y vigas de madera con un revestimiento de cal que refulgía cuando les daba el sol, haciendo un hermoso contraste con los techos de paja. A ella le gustaba observar todo aquello desde la altura durante el ocaso, pensando en las palabras de sus padres, “un día gobernarás sobre todos ellos y deberás hacerlo con justicia”.
Kilix, copa para el vino

Mientras llegaba ese día, a ella le gustaba corretear entre los edificios y mirar en el del correo a ver si había llegado algún mensajero con noticias importantes o subirse a la escalera y mirar en los almacenes construidos sobre pilotes para que los roedores no pudieran entrar. Así se hacía una idea de cuántas cosas se consumían y de cuándo empezaban a escasear.

Pero lo que más le gustaba era asistir a las sesiones que se celebraban en los edificios excavados en la tierra, oscuros y silenciosos donde se narraban historias que encendían su imaginación. A veces eran historias que llevaban los comerciantes, otras eran narraciones de su propio pueblo y otras de los dioses que les protegían y que también les castigaban. Muy a menudo se desarrollaban sesiones de música y canto y entonces se podía bailar, que era lo que ella prefería. En estas ocasiones todos bebían el vino que se producía en la región y que era muy apreciado fuera de ella, incluso lo trasladaban en ánforas selladas, a lo largo del río para abastecer a las poblaciones por donde pasaba.
Torques

Un día que estaba en el puerto del río contemplando como cargaban una de las naves, vio a un grupo de esclavos que iban a ser embarcados para venderlos río arriba en alguna de las grandes poblaciones que requerían muchas mercancías. Entre ellos iba una jovencita de aspecto triste y cabeza gacha que, al sentirse observada, levantó hasta que se cruzaron sus miradas. Fue una mirada suplicante, o así le pareció a ella, era como si dijera “no dejes que me embarquen”. Ella se dio media vuelta y corrió en busca de su padre para rogarle que se quedara con la muchachita de mirada triste. Él que era incapaz de negarle nada a su hijita, se acercó hasta el muelle y preguntó a los estibadores por el grupo de esclavos que acababan de embarcar, le señalaron al capitán del barco como el responsable de la carga y fue a hablar con él.
Crátera

Después de una larga negociación que ella seguía en la distancia sin saber qué se decían, vio como el capitán daba una orden y al cabo de un rato aparecía en la cubierta la muchacha cuyo rostro dejaba traslucir la sorpresa y el miedo que sentía ante aquel cambio imprevisto. Su padre habló con uno de sus hombres que salió corriendo en dirección al palacio, para volver con una bolsa de cuero en las manos que depositó en las de él. De ella extrajo unas piezas de metal que entregó al capitán y éste hizo lo propio con la muchacha. Bajaron del barco y se dirigieron hacia el palacio. Por el camino ella se sumó al grupo correteando alegre a su alrededor. Al llegar su padre llamó al jefe de la intendencia y le entregó a la chica para que la asearan y le indicaran que a partir de ese momento estaba al cuidado de su hija.
Gorgona, detalle de la crátera

Aquella muchacha procedía de Tracia, había sido vendida por sus familiares al fallecer sus padres y su destino más probable era ser vendida a algún hombre que la utilizaría como a un objeto sexual hasta que se hartara de ella. Por eso, cuando se dio cuenta de cuál iba a ser su destino, lloró de alegría. A partir de ese momento no se separó de la niña y le agradeció toda la vida el giro que le había dado a la suya. Juntas se hicieron mayores y cuando ella se unió con el hombre destinado, se encargó de vestirla, peinarla y engalanarla para la ceremonia. En ese momento la princesa le hizo prometer que, si moría primero, la engalanaría con el mismo cuidado y la vestiría con las mejores prendas.

Llegado ese día la doncella cumplió con su palabra. Le puso el vestido más hermoso que nunca tuvo sujeto por varias fíbulas de hierro. Le colocó un collar de gruesas cuentas de ámbar y piedra, varios anillos  y pulseras de pizarra, una tobillera de bronce, un brazalete de lignita y un torque de oro macizo de 24 quilates y un peso de 480 gramos, rematado en la figura de un caballo alado. Así engalanada la subieron a un carro de cuatro ruedas de radio, de 74,5 centímetros de diámetro, con la rodadura recubierta de hierro y numerosos apliques metálicos que aludían a su estatus social y la historia de su familia. 

Reconstrucción del carro funerario
El carro tirado por dos caballos, encabezaba la procesión e iba seguido por otro tirado por bueyes que portaba el ajuar con el que la iban a enterrar. Una riquísima vajilla venida del Mediterráneo: una pátera de plata, una gran crátera de bronce del sur de Italia, un oinochoe para escanciar, también de bronce, y los vasos de cerámica ática que servirían para beber durante la ceremonia. La crátera donde mezclarían el vino iba desmontada debido a su gran tamaño.

Y así la trasladaron hasta el túmulo que estaba preparado en lo alto de la colina. Habían construido un muro de unos 2 metros de altura que rodeaba a la construcción de 42 metros de diámetro y 5 de altura rematada en una cúpula de bloques de piedra. La cámara, de 4x4 metros estaba forrada de madera y en su centro colocaron el carro desmontando las ruedas que dejaron apoyadas en la pared. A su lado montaron la gran crátera de 1.100 litros de capacidad y 208,6 kg de peso, que estaba dividida en piezas individuales.

Torques, detalle
El recipiente estaba hecho de una sola lámina de bronce martillado de tan solo 1 mm de grosor y unos 60 kg de peso, con un diámetro máximo de 1,27 m. El cuello era un anillo de bronce decorado con ocho carros cada uno de ellos tirado por cuatro caballos y conducido por un auriga y con un hoplita[3] completamente armado a pie tras el carro. En el cuello se apoyaban las  asas con forma de voluta de 55 cm de altura que estaban sostenidas por leonas rampantes. En cada una de ellas figuraba la cabeza de una Gorgona, el trabajo era tan esmerado y de tanto relieve que acumulaba un peso de 46 kg por cada asa. El pie, con un diámetro de 74 cm, estaba hecho de una sola pieza moldeada y pesaba 20,2 kg. También estaba decorado con motivos vegetales estilizados.

Mientras se montaba la crátera, los presentes entonaban cantos en honor de la mujer. Una vez montada, se llenó de vino y cada uno tomó una copa y sucesivamente fueron acercándose a llenarla, bebiendo en su memoria y derramando una pequeña cantidad en el suelo a modo de ofrenda.

Una vez terminada la ceremonia el túmulo se cerró en el año 500 ac. Se encuentra en el Mont Lassois junto a la ciudad francesa de Vix, en el norte de Borgoña, Francia.


Reconstrucción de la tumba






[1] Río Sena, navegable a partir de este punto

[2] Muros Gallicus, descritos por JulioCésar

[3] Soldado de infantería pesada

sábado, 13 de junio de 2020

EL PERRO DE SHAMANKA


Era la mejor época del año, el verano había llegado y con él la recogida de los frutos que tanto les gustaban a todos, a lo mejor porque solo llegaban cuando el hielo y la nieve se habían retirado o porque duraban muy poco tiempo, el caso es que en cuanto aparecían, todos se afanaban en recogerlos. Cada uno llevaba una bolsa de cuero para almacenarlos y aunque tenían el compromiso de no comerlos, alguno se perdía entre los dientes antes de llegar a la bolsa. Los arándanos y las grosellas eran los que ella prefería, pero también tenía que recoger, si tenía suerte, la raíz de oro[1] que la chamana administraba y que se utilizaba para aumentar la vitalidad y las defensas del sistema inmunitario, refuerzo tan necesario  en aquellas latitudes donde el invierno era crudo y largo.

Precisamente ella estaba cavando para sacar una de las raíces cuando escuchó un ruido, algo se movía entre los arbustos emitiendo un sonido lastimero. Siguió la dirección del ruido y encontró a un pequeño cachorro que, en principio, no supo si era de perro o de lobo. En el poblado había algunos ejemplares que eran realmente útiles en muchas tareas pero ninguno era como aquél. Tenía el pelaje blanco y las patas oscuras y cuando la miró con ojos acuosos y tristes, uno azul y otro marrón, se produjo un sentimiento irresistible. Lo tomó en sus brazos y lo acarició suavemente, él se frotó contra su pecho hundiendo el hocico en él y así quedó sellada esa unión para siempre.

El perro se convirtió en su inseparable compañero, era muy hábil en la caza, levantaba a los glotones, urogallos y liebres y olfateaba a los venados, alces, corzos y renos que habitaban en los bosques cercanos. Solo se quedaba quieto en la orilla cuando ella iba a pescar, el agua era su peor enemigo, sobre todo en invierno cuando el gran lago[2] a cuyas orillas vivían se helaba y había que practicar un agujero en el hielo para pescar algún esturión, algún rutilo o alguno de los diferentes salmónidos que allí nadaban. También se quedaba en la orilla de los ríos mientras ella, con ayuda de anzuelos de hueso, pescaba percas o lucios, pero solo tenía aversión al agua y no a lo que en ella habitaba porque los peces le encantaban y ella siempre reservaba alguno para darle. Le fabricó una especie de alforjas para que llevara parte de la carga y cuando iban a buscar leña, él llevaba los troncos más pesados sobre el lomo. Además de un buen compañero, se convirtió en un excelente ayudante.
Yurta

Por la noche se acostaba a su lado, dándole calor y al menor ruido, se despertaba y permanecía atento hasta comprobar que nada pasaba. Ella creyó morir de pena cuando en una jornada de caza, les salió al encuentro una osa que sintió amenazada a su cría, se puso a dos patas y emitió un rugido aterrador, el perro se abalanzó sin dudarlo y recibió un zarpazo que lo lanzó a varios metros y lo dejó malherido. Ella olvidó a la osa y corrió hacia su perro, lo tomó en brazos y salió corriendo hacia el poblado. La osa los dejó marchar al ver que la presunta amenaza había desaparecido. Durante días lo mantuvo dentro de la yurta[3] curándole las heridas y dándole de comer en su mano hasta que se recuperó.

Tambor chamánico
A veces salían simplemente a pasear y ella le contaba historias de su pueblo que él parecía entender o eso le parecía a ella por la manera que tenía de mirarla cuando la escuchaba. Le explicaba también el paisaje que tenían ante sus ojos y el porqué de algunas cosas. Desde la orilla se podían ver las dos grandes rocas gemelas de la isla más grande del lago[4], eran blancas y estaban parcialmente cubiertas de líquenes rojos, entonces le decía que en la isla habitaban los espíritus del lago que solo podían ser interpelados por la shamana dentro de una cueva que se abría en la roca más cercana a la costa. Nadie podía acceder a la isla salvo ella misma ni por supuesto a la roca, que recibía el nombre de Shamanka[5]. Todas las shamanas se enterraban en un lugar diferente al resto de la población, en un bosque de pinos en el que nadie podía cazar porque todos los animales que allí vivían pertenecían a sus espíritus.

También en el bosque y en los ríos habitaban espíritus propios de cada sitio y todos sabían cómo respetarlos y procurar su favor cuando iban a cazar, pescar o recolectar, haciéndoles pequeñas ofrendas. La shamana se encargaba de instruirlos desde que eran pequeños y les enseñaba cómo disculparse si por alguna causa, eran molestados.
Shamanka

En primavera y en otoño llovía mucho y el viento soplaba fuerte pero cuando escampaba, era el momento de recoger las setas que el bosque proporcionaba. Las había de muchas clases y no todas eran comestibles, algunas de ellas solo las usaba la shamana y el que las encontraba se consideraba afortunado, porque podría llevárselas como un presente. Ella le había enseñado a no comerlas así que cuando las veía, él daba un par de suaves ladridos para llamar su atención y señalarle dónde había alguna.

Durante el largo invierno cuando las heladas eran severas y la atmósfera se llenaba con una niebla densa que  hacía invisible hasta el cielo, era el momento de quedarse dentro de la yurta con el fuego ardiendo en el centro, para calentarse tapados con las mantas de piel de oso. Pero cuando levantaba, todos salían a cazar principalmente focas[6], cuya grasa era muy apreciada para hacer lámparas así como su carne y su piel. Las cazaban a distancia, con lanzas de punta de hueso y él solo esperaba a que ella recogiera la pieza y la preparara para ayudarle a cargar con ella.

Solo había una ocasión en la que él no pudiera estar presente, era durante la celebración de las ceremonias chamánicas que se hacían exclusivamente para los humanos y los espíritus. En ellas la shamana y varios participantes tocaban tambores de madera y piel de manera repetitiva hasta que la shamana entraba en trance y se comunicaba con su animal totémico, entonces emitía el sonido del animal que era su espíritu guía, convocándolo para que la ayudara a traspasar el estado de conciencia cotidiano para adentrarse en otro superior.
Reconstrucción del hallazgo

Así fue transcurriendo la vida de ambos hasta que un día el perro terminó su camino en la tierra. Con profundo dolor ella lo llevó hasta el cementerio donde se enterraba a los miembros del grupo y cavó una fosa lo bastante profunda para que ningún animal lo desenterrara y lo comiera. Le colocó al lado la cuchara de madera de largo mango con la que le había dado de beber cuando estuvo herido y no podía moverse por sí mismo y unas raciones de lo que comía habitualmente, carne de foca, pescado, venado y glotón, para que pudiera alimentarse hasta encontrar el camino al más allá.

Con la vista nublada por las lágrimas, lo cubrió con la tierra y 7.000 años después un equipo de arqueólogos lo encontró en el cementerio Shamanka cerca del lago Baikal en la Siberia rusa.
El perro


[1] Rodiola rosea. Considerado el ginseng siberiano
[2] Lago Baikal
[3] Cabaña desmontable de estructura de madera y cubierta de pieles
[4] Oljón
[5] Femenino de Shamán
[6] Foca sibirica o foca de Baikal

domingo, 7 de junio de 2020

EL ALA DE CISNE


La niña era muy pequeña, apenas cinco años, cuando los hombres regresaron del enfrentamiento que habían mantenido con otro poblado por el control de las zonas de pesca. Trajeron consigo al jefe rival atado fuertemente con cuerdas y lo tuvieron amarrado a un poste durante los días que tardaron en preparar el ritual.

Ella era muy curiosa y en su corta vida nunca había presenciado nada igual, así que miraba todo con ojos llenos de asombro. Observó cómo, en el día prefijado, prepararon una gran hoguera junto al poste donde estaba atado el prisionero y cómo le dieron muerte. A continuación despiezaron el cuerpo, lo colocaron sobre las brasas y después de asarlo, los hombres que habían ido a la lucha, lo comieron entre cantos rituales y algunos gritos de júbilo por la victoria conseguida, asimismo partieron sus huesos para comer la médula, el sitio donde residía la fuerza vital. De vez en cuando se pasaban un recipiente de madera que contenía cerveza hecha a base de arándanos, trigo y miel.

Anzuelo de hueso
La niña preguntó por qué se comían a una persona y le respondieron que al capturar a un guerrero valiente o a un jefe rival, había que consumir su carne para apoderarse de esa valentía y hacerse ellos más fuertes. También era necesario para infundir al otro grupo un poco  de miedo que les hiciera respetar los derechos adquiridos por su tribu desde mucho tiempo atrás.

El suyo era un pueblo que obtenía sus principales recursos del mar, a cuya orilla vivían. Tenían pequeñas embarcaciones hechas en un tronco de árbol vaciado y remos para impulsarse. Otros grupos vivían en las pequeñas islas que se diseminaban por aquella costa y a veces, como cuando alguna ballena se aproximaba a sus lugares de pesca, colaboraban entre todos para capturarla. Además de la carne, era muy apreciada su grasa con la que llenaban las lámparas de arcilla.

También cazaban delfines[1], focas[2] y orcas y, por supuesto, muchos peces que capturaban en la misma orilla con cercas hechas con postes de avellano y finas ramas de sauce trenzadas que, al bajar la marea, los dejaban atrapados  y listos para ser recogidos a mano. Los peces más grandes los cazaban desde las barcas con lanzas rematadas con una fila de dientes de piedra incrustados; lucios, bacalaos, anguilas, tiburones sardineros y muchos otros les servían de alimento.
Cuchillos de sílex

Ella, como los demás niños, ayudaba a recolectar moluscos en la orilla del mar, pero lo que más le gustaba era dar de comer a los animales que habían aprendido a domesticar. Se pasaba el tiempo mirando como comían los cerdos mientras recordaba la historia de cómo habían pasado de jabalíes a cerdos que, aunque eran bastante fieros y había que mantenerse a una cierta distancia de ellos, eran mucho más dóciles y a veces hasta cariñosos.

Unas gentes venidas del sur habían sorprendido a sus ancestros al verlos llegar hasta su poblado con un grupo de animales, ovejas, vacas, cabras y, por supuesto, cerdos. Junto a ellos venía un grupo de perros que les obedecía y ayudaba a controlar el ganado, pero esto no les sorprendió, ellos también tenían perros que les acompañaban en sus partidas de caza y les avisaban cuando alguien ajeno al poblado se aproximaba.

El jefe y los ancianos les permitieron quedarse en unas tierras un poco alejadas de las que ellos habitaban y a cambio ellos les enseñaron el arte de la domesticación y se comprometieron a dejar la caza de ciervos, corzos y jabalíes a sus anfitriones, ellos tenían su propia carne. Con el tiempo llegaron a tener sus propios rebaños pero no dejaron de cazar.
Trampa para peces

La niña también salía con las mujeres y los otros niños a recoger todo lo que la tierra les proporcionaba generosamente. Las bellotas que servían tanto para dar de comer a los cerdos como para hacer unas gachas que, aunque no eran tan ricas como las que se hacían con la grama[3] que eran dulces, tampoco estaban mal. A ella le encantaba la raíz de la remolacha que le dejaba los dedos teñidos de rojo. Pero sus preferidas eran las frambuesas, las moras y las fresas, había que aprovecharlas bien porque enseguida se acababan y hasta el año siguiente no volvían.

Con el tiempo la niña aprendió a hilar las fibras que obtenían de la planta de la ortiga[4] para hacer la ropa que llevaban sobre todo en verano y que a menudo teñían de azul con la planta del añil[5] que crecía en los prados. La ropa de invierno la confeccionaban con pieles bien curtidas que cosían con agujas hechas de hueso. Castores, ardillas , turones , tejones , zorros  y linces se las proporcionaban.

La curiosidad que sentía por todo desde que nació, le hizo también aprender a hacer las jarras y las ollas que utilizaban en las ceremonias importantes y las que usaban para cocinar. Al principio le pareció muy divertido hacer rollitos de arcilla que se iban colocando sobre una base, unos encima de otros siguiendo la forma que iba a tener la pieza, pero una vez que aprendió la técnica, su interés se diluyó. No iba a ser ceramista toda su vida, decidió.
Vasija de cerámica


Y efectivamente no lo fue, porque al alcanzar la edad requerida fue la elegida para unirse al nuevo jefe del poblado. Un hombre joven y fuerte que había demostrado su valía en más de una ocasión, dirimiendo conflictos entre ellos y también con los poblados vecinos.

Construyeron su cabaña de madera bien ensamblada, con la puerta, como todas las demás, mirando al mar. Había quien pensaba que se hacía así para poder mirar la gran masa de agua salpicada de pequeñas islas, nada más despertar, pero para muchos significaba saber si el día iba a ser bueno para pescar o, por el contrario, una tormenta o una fuerte marejada les iban a impedir salir. No necesitaban que fuera muy grande porque solo les servía para dormir y como almacén. En el exterior se hacía una fogata para cocinar y agruparse en torno a ella al caer la tarde para escuchar las historias que los más viejos contaban.

El tiempo pasó, ella ya tenía 17 años y seguía sin tener hijos, se preguntaba si alguna maldición desconocida que le impidiera tenerlos la habría marcado, no quería creerlo pero a veces sucedía que algunas mujeres murieran de viejas sin haber parido nunca y eso solo a los dioses se le podía atribuir. Pero este no iba a ser su caso, por fin quedó embarazada y se sintió llena de dicha, una nueva vida salida de ella misma se iba a unir al poblado.
Enterramiento de Vedbaek


Llegó el día del parto, que fue lento y muy doloroso. La criatura no parecía dispuesta a nacer. Dos días duró y cuando al fin el parto se produjo, el niño, pues era un varón, nació muerto. La sangre no dejaba de manar del cuerpo de la mujer y no hubo nada que se pudiera hacer. Al final murió junto a su hijo recién parido.

Todo el poblado participó en las ceremonias, no en vano eran la mujer y el hijo del jefe. Les trasladaron al vecino lugar donde enterraban a sus muertos y cavaron una tumba que acogería a ambos. A ella la vistieron con un traje decorado con filas de cuentas de concha de caracol y una gran cantidad de adornos; un collar hecho de dientes de jabalí y cerca de 200 jabalíes y ciervos rodeándola. Su largo cabello rubio se extendía sobre un paño decorado como el vestido, que hacía de almohada.

Su rostro y su pelvis fueron cubiertos con una buena cantidad de ocre rojo y a su lado extendieron el ala de un cisne sobre la que colocaron amorosamente a la criatura que nunca llegó a ver la luz. Le enterraron con un cuchillo de sílex, igual al que hubiera llevado si hubiera llegado a la edad adulta y junto a un recipiente de madera lleno de ocre rojo con el que espolvorearon su pequeño cuerpo.

El cisne capaz de caminar sobre la tierra, nadar en el agua y volar en el aire, es experto en moverse en mundos muy diferentes, esto unido a su peculiar belleza, le hizo ser elegido el mensajero de los dioses. Así lo pensaban las poblaciones sami del siglo XIX.

La mujer y su hijo fueron enterrados en Vedbaek, en la costa de Dinamarca, hace unos 6000 años.

Recreación del enterramiento


[1] Delfines de pico blanco y de nariz de botella
[2] Anillada, arpa y gris
[3] Glyceria fluitans
[4] Urtica dioica
[5] Isatis tinctoria

viernes, 29 de mayo de 2020

LA ESCLAVA DE LA MARQUESA DE DAI


El hombre había pedido un préstamo a su señor el marqués de Dai para ampliar sus tierras de cultivo esperando una buena cosecha, pero la climatología no le había favorecido durante tres años seguidos y ahora se veía arruinado y sin posibilidad de pagar a tiempo su deuda. Se presentó ante el administrador del señor y le expuso su situación. Éste le recordó cual era el sistema, si no podía pagar tendría que convertirse en esclavo.

Sirviente dinastía Han
Volvió a su casa apesadumbrado y le expuso a su mujer el problema, ya tenían siete hijos pequeños que sin el padre no podrían sobrevivir ¿quién iba a cultivar la tierra? Decidieron que el padre volvería a palacio y le propondría al administrador un cambio.

A la mañana siguiente logró otra entrevista con aquel hombre tan ocupado y le comunicó lo que había acordado con  su mujer. El administrador lo pensó durante un rato, mientras saboreaba una taza de un té aromático que el campesino nunca podría probar y finalmente le dio su aprobación.


Y aquella niña que se había salvado de morir al nacer, solo por el hecho de ser niña, fue la salvadora de la familia. Su padre la llevó hasta el palacio del marqués de Dai y la entregó al portero para que pasara el resto de su vida entre aquellas paredes que encerraban un lujo ni siquiera soñado por una familia de campesinos.

Su trabajo comenzó en las cocinas limpiando, fregando y viendo pasar por delante las cosas que  los señores comían y que ella  ni siquiera sabía que existían. Además de pollos, patos mandarines, gansos,  ovejas,  cerdos y vacas, en esas cocinas se preparaba carne de camello y de animales que se cazaban para ellos como el ciervo sika, la tórtola, el ganso, el búho, la  perdiz de bambú china, la urraca, el faisán común y las grullas. Ella había probado alguna vez pescado cuando su padre no había podido vender todo lo conseguido pero aquí había peces inimaginables  e incluso tortugas. Pero, por supuesto,  nada de eso era para ella, la jefa de cocina repartía las sobras entre el personal pero para ella, recién llegada solo había un cuenco de arroz con algunas verduras y a veces un trozo de carne. En realidad era más de lo que comía en su propia casa así que no tenía motivos de queja.
Sopera y cucharón de madera lacada

Una mañana el personal de cocina se vio diezmado por una intoxicación, todos vomitaban y no paraban de visitar el excusado que había en el patio, así que ella, que era la única que no había comido más que su arroz con verduras, fue la encargada de llevarle el té a la señora. Tuvieron que indicarle varias veces el recorrido que había que hacer para llegar a sus habitaciones y, aunque llevaba la mirada baja, no podía dejar de advertir las cosas maravillosas que se extendían a su alrededor. La señora la miró detenidamente y le preguntó por su situación, ella contestó sin levantar la vista incluso cuando los dedos de larguísimas uñas le tomaron la barbilla para observarla mejor. La despidió con un gesto y ella regresó a la cocina.

Pero esa misma tarde le hicieron presentarse en las oficinas del administrador quien le dijo que la señora quería que pasase a su servicio personal, ella amaba profundamente las cosas hermosas y la niña se lo había parecido, quería tenerla a su lado cuando abriese los ojos por la mañana para deleitarse contemplando su pequeña boca roja y sus ojos de almendra.

Jarrón
Lo primero que hicieron fue llevarla a bañarse cuidadosamente y cambiaron su sencilla ropa de algodón por otra de seda. Falda muy larga por detrás, blusa corta, una  túnica de una sola capa, calcetines y zapatos, además de ropa interior blanca. Entró en las estancias de la señora y ésta le indicó un colchón en el suelojunto a su cama, con una cubierta acolchada de seda y un almohadón,  allí dormiría permaneciendo atenta a lo que ella pudiera desear incluso en medio de la noche.

Pronto aprendió a satisfacer todos los deseos de su señora con prontitud porque ella siempre tenía a mano un abanico con el que golpearla si se retrasaba o un bastón de madera lacada y cubierto de dibujos de madreperla, de apariencia delicada pero duro como una estaca y eso lo sabían bien sus costillas y sus piernas.

La marquesa, al contrario que la mayoría de las mujeres de la nobleza, sabía leer pero con el tiempo su vista había empezado a decaer. Decidió que su esclava personal aprendiera a hacerlo para que pudiera leerle los textos de su predilección, el Tao Te Quing y los escritos que los maestros taoístas le hacían llegar. Recientemente había recibido de ellos un tratado sobre el Chi Kung y sus movimientos que ayudaban a mantener la vitalidad y la buena salud y estaba muy interesada en seguirlo por lo que llamó al maestro que se lo había enviado para que les enseñara a practicarlo. Al amanecer ambas salían a la galería orientada al este y tras convocar a los ancestros taoístas, comenzaban la práctica presidida por una pintura en seda que representaba los diferentes ejercicios.

Al atardecer la joven sacaba de un arca de madera lacada, los textos que su señora quería leer esa noche, podían ser de filosofía, historia, ciencia o cualquier otra materia en la que estaba bien instruida. A veces tenía que hacer una consulta sobre la decisión a tomar con respecto a algún asunto de importancia, entonces pedía que le llevara el I Ching, El Libro de los Cambios y los 52 tallos de milenrama necesarios para llevarla a cabo.

Bandera "ropa voladora"
Estas lecturas se hacían en la sala presidida por una bandera en forma de T que había dispuesto se pusiera sobre su sarcófago el día que muriera porque representaba el viaje al más allá. En la parte superior estaba representado el Cielo, presidido por los héroes fundadores Fu Xi y Nü Wa; la parte media, el mundo, en donde se describía el viaje que la dama Dai haría hacia el más allá y la inferior mostraba el inframundo, en el que habitan dos serpientes entrelazadas. En las esquinas se encuentra el cuervo que simboliza el Sol y el sapo que simboliza la Luna, el apareamiento del Sol y la Luna representa las fuerzas cósmicas del yin y yang. Esta bandera recibía el nombre de “ropa voladora”.

Un día, mientras estaban enfrascadas en la lectura, el sirviente personal del señor de Dai pidió permiso para entrar en el aposento, era tan inusual el pedido que enseguida pensaron que algo fatal había sucedido. Así era, el marqués había fallecido. Enseguida se dispusieron todas las ceremonias que había que llevar a cabo y los arreglos de la tumba que ya tenía preparada, así como todas las ofrendas que habría que depositar en ella.

Una vez que los rituales hubieron concluido, la marquesa dispuso que construyeran su propia tumba en las inmediaciones de la de su marido pero mientras estaba en construcción, su hijo mayor también falleció lo que le obligó a modificar el proyecto para acogerle también a él.

A pesar de la práctica continuada de Chi Kung, la salud de la marquesa no hacía más que empeorar. Los maestros le recomendaban una dieta que ella no seguía porque comer le producía un placer extremo y probar nuevas recetas era una de sus pasiones. Ahora que ya había cumplido 50 años, tenía obesidad mórbida, grandes molestias digestivas producidas por cálculos biliares y dolor en las articulaciones producido por la arterioesclerosis que padecía.

Reconstrucción ejercicios de Chi Kung
Día a día su estado de salud iba empeorando, cada vez se fatigaba más y el corazón se le aceleraba al realizar el más mínimo esfuerzo, se dio cuenta de que su tiempo en la tierra se acababa. Le pidió a la muchacha que le llevara todo lo necesario para redactar un documento; en él le concedía la libertad y le dejaba el suficiente dinero como para que pudiera llevar una vida decorosa, con la condición de que estuviera con ella hasta su muerte y se encargara de que todo lo que deseaba llevarse a la tumba estuviera dispuesto. También tenía que estar presente cuando todo se depositara dentro de ella, para asegurarse de que nadie se quedaba con nada.


Al poco tiempo su corazón no aguantó más y se desplomó en medio de su dormitorio. Inmediatamente se activó todo el protocolo para prepararla para su último viaje. Había dispuesto que la vistieran con una blusa de gasa tan fina que era posible ver a través de ella y que la envolvieran en veinte capas de ropas para todo tipo de climatología, fijadas por nueve cinturones. Así la sumergirían en un sarcófago de madera de pino en el que habían depositado ochenta litros de un preparado a base de un compuesto ácido rico en magnesio que preservaría su cuerpo.

Reconstrucción de la tumba
Sobre este sarcófago se colocaría su bandera funeraria en forma de T y después se introduciría en otro y así hasta cuatro. La cámara mortuoria, también hecha de madera y losas de hasta 500 kilos, tenía dos estancias, una para el cadáver y otra para depositar todo el ajuar. Estuches de aseo con trípode, jarrones, cucharas, paletas, copas y vasos, jarras, bandejas y abanicos todo en madera lacada, piezas de seda y vestidos. Instrumentos musicales como una cítara, un órgano de 22 tubos y varias cornamusas.  Ciento sesenta y dos figurillas de madera y varias maquetas funerarias. Tampoco faltaron sus libros preferidos, dos ejemplares del Tao Te King y uno del I Ching, además de un manuscrito de medicina, numerosos rollos de filosofía taoísta y otros de geografía, estrategia militar, astronomía o adivinación, incluso algunos sobre la forma de las nubes o de fisiognomía para caballos
Tampoco podían faltar sus hierbas medicinales y sus platos favoritos, guisos de verduras y carne cocinados en vasijas, estofados de carne de vaca y arroz, de carne de perro, de apio y de venado, pescado y brotes de bambú. Arroz, trigo, cebada, dos variedades de mijo y soja, azúcar, miel, salsa de soja y sal.

Su cámara, junto con las de su esposo e hijo, se cubrieron con grandes planchas de ciprés, unos veinte metros de tierra compacta y varias capas de carbón y arcilla blanca. Toda esta preparación hizo que se conservara extraordinariamente bien todo el conjunto. Los documentos nos han permitido saber que el personaje allí enterrado con un lujo extraordinario era Xin Zhui, esposa de Li Cang (segunda mitad del s.III-185 a.C.), primer ministro del Estado de Changsha (202 a.C.- 7 d.C.) durante la dinastía Han del Oeste y Marqués de Dai. Su cuerpo muy bien conservado, tenía la piel todavía húmeda, pelo, cejas y pestañas. Su sangre, del tipo A, se mantenía roja y fluida dentro de su cuerpo y sus órganos internos, que la autopsia reveló “como los de una persona fallecida apenas una o dos semanas atrás”, no mostraban signos de corrupción. Murió a principios del verano y su última comida fué un melón del que su estómago conservaba 138 semillas.
 
La Marquesa de Dai

viernes, 22 de mayo de 2020

LOS AMANTES DE SUMPA


El niño tenía cinco años y esperaba expectante el nacimiento de la nueva criatura. Su cabaña estaba junto a la de la mujer que iba a parir y a él le gustaba mucho mirarla, era hermosa y cariñosa con él y siempre tenía algo para darle cuando estaba enfadado o triste, una concha bonita, un puñado de caracolillos de mar o una fruta.

Las mujeres entraban y salían de la cabaña apartándole cada vez con menos cariño, hasta que le gritaron que se fuera por ahí a jugar y dejara de molestar. Las mujeres siempre gritaban cuando estaban de parto, era lo normal, pero los gritos de esta le llegaban al alma y solo quería que aquello acabara de una vez. El llanto de un bebé acabó con todo aquello. Corrió hacia la puerta de la cabaña y en cuanto pudo, se coló dentro. La mujer lo vio y le llamó

─ Mira qué cosa tan bonita tengo para ti- le dijo mostrándole a la niña recién nacida.
─ ¿Para mí? – se asombró él. Yo no puedo darle la teta, ni bañarla, ni hacerle nada.
─ Bueno, todo eso lo haré yo pero tú podrás cuidar de ella y enseñarle todo lo que sabes porque eres mucho más mayor y para cuando ella pueda aprender cosas, aún lo serás más. ¿La cuidarás cuando yo esté ocupada?

Embarcación
El niño asintió muy seriamente y se propuso hacerlo sin dudarlo ni un momento. Cuando se madre salía a recolectar siempre la llevaba consigo atada a su espalda, a veces la dejaba en el suelo envuelta en una fina piel de zorro para descansar y adelantar el trabajo, entonces aparecía él, como de la nada, para sentarse a su lado mirándola fijamente. La madre sonreía y cuando acababa su tarea le daba una recompensa, una fruta o un puñado de bayas que él recogía agradecido aunque su mayor recompensa era mirar a aquél ser pequeñito que, cuando estaba despierta, le miraba fijamente y le dedicaba algún gorjeo. 

Al correr del tiempo el niño siguió fiel a su promesa y los dos se convirtieron en inseparables. Juntos iban a pescar y él le enseñó a hacer redes de atarraya con las que era muy fácil pescar en la misma orilla del mar o en los esteros, y anzuelos de espinas de cactus para pescar con caña desde las rocas donde batía el mar. A distinguir los caracoles más ricos de los que solo servían para jugar una vez vaciados o para hacer colgantes y también a cazar.

Al principio cazaban piezas pequeñas como ranas, sapos, culebras o lagartijas y cuando ya adquirieron maestría, loros, conejos o ardillas. Los venados y los antílopes estaban reservados para los hombres adultos pues su captura constituía todo un honor. Sin embargo los zorros estaban al alcance de los adolescentes que se afanaban en lograr esquivar la astucia de esos animales y hacerles caer en sus trampas. De ellos no solo se consumía la carne, la piel era muy apreciada así como los dientes que se utilizaban sobre todo en las ceremonias fúnebres. A veces incluso conseguían cazar un oso hormiguero.

Red de atarraya
Ambos habían desarrollado una gran habilidad para hacer sus armas de caza. Para las jabalinas y lanzas buscaban la madera más resistente y ligera a la vez, para que volara como el viento y se clavara con precisión en el blanco elegido. Los cuchillos para desollar las piezas cobradas los hacían con tiras de cañas que afilaban con sumo cuidado hasta que eran capaces de cortar una hoja en el aire.

La comida era un verdadero festín, siempre había algo delicioso que llevarse a la boca, ya fuera carne, pescado, vegetales o frutas que crecían sin ayuda de nadie. El maíz era el menos abundante pero estaba tan rico que pronto aprendieron a cultivarlo para tenerlo disponible siempre que quisieran. Unos viajeros que venían de tierras del norte, les enseñaron a utilizar bien ese grano para que fuera un buen alimento. Primero había que cocerlo con agua y cal para después con esa masa hacer tortillas, pero ellos también lo comían asado al fuego y estaba igualmente delicioso.

Para cultivarlo su pueblo había ideado unas herramientas hechas con grandes conchas marinas que hendían fácilmente la blanda tierra. Ellos también colaboraban en esta tarea porque siempre querían aprender nuevas cosas. Y casi sin darse cuenta ya eran adultos y les llegaba la hora de emparejarse. A nadie se le ocurrió la idea de buscarles pareja, todos sabían que eran el uno del otro sin lugar a dudas y solo había que levantar su propia cabaña y disponer la fiesta de la unión en la que todos sin excepción participarían.

Anzuelos
Una mañana fueron al bosque a buscar todo el material necesario para hacer su cabaña, sus amigos les acompañaron para poderlo llevar al poblado en el mismo día. Estaban tan impacientes por verla terminada que al regresar ya querían comenzar a levantarla, pero sus compañeros les hicieron ver que pronto se haría de noche y era mejor esperar al día siguiente.

Apenas había despuntado el día cuando comenzaron  la tarea. Alisaron bien el terreno y cavaron una zanja circular donde asentar las ramas largas y flexibles que dispusieron en alto alrededor de un punto central, amarrándolas sólidamente. Luego fueron cubriendo el espacio entre ellas con hierba y otras ramas más pequeñas hasta que la superficie quedó completamente cubierta. El hueco de la puerta lo colocaron, al igual que las demás cabañas, en dirección nordeste porque ese era el punto donde menos soplaba el viento. Cuando acabaron la miraron con satisfacción y alegría. Les había quedado perfecta, tenía un diámetro de un metro y medio, el tamaño ideal para estar cómodamente los días de lluvia intensa y resguardarse del viento en las noches de la temporada seca.

Y su vida en común continuó sin sobresaltos, cada día participaban en las tareas comunales, pescaban y se bañaban en el mar entre risas y juegos. Otros días salían a cazar o a recoger vegetales y aunque esta era una tarea que solían hacer solo las mujeres él las acompañaba porque no quería estar separado de ella ni por un momento, seguía teniendo en su mente la promesa que le hizo a la madre el día de su nacimiento.

Cabaña
Pero un día ella enfermó y nada pudo hacerse para que sanara. Se sintió morir y se abrazó a él con fuerza.
─ Tengo miedo- le dijo
─ No lo tengas, yo estoy aquí y no me voy a separar de ti ni por un momento. Si tú mueres moriré contigo, haremos el viaje juntos.

Así sucedió,  ella hundió su cabeza en el pecho de él y la cubrió con su  brazo izquierdo. Él le rodeó la cintura con su brazo derecho y le pasó la pierna derecha sobre la cadera. Ella expiró y él se dejó morir sin moverse y sin dejar de acariciarla.

Los enterraron al lado de su casa, con la cabeza hacia el este y respetando su postura. Sobre los cuerpos depositaron seis piedras grandes para que les protegieran en el camino que tenían que recorrer. Él tenía 25 años y ella 20 y no habían dejado de quererse ni un solo día.

Vivieron en el extremo occidental de la península de Santa Elena en Ecuador hace unos 10.000 años.