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jueves, 13 de agosto de 2020

LA HIJA DEL COMERCIANTE CELTA

Cuando era pequeña en las largas noches de invierno reunidos todos alrededor del generoso  fuego de  la  casa, su padre les  contaba cómo el  abuelo  de  su abuelo había  abierto  una  ruta comercial. Su  antepasado había observado  que  cuando algún  viajero  llevaba  hermosos  objetos  de  oro,  bronce   o  ámbar  o   vajillas bellamente  decoradas, la  familia  del  jefe y  las  mujeres  de  los  altos mandos militares se los disputaban.

Joyas de oro

Así que trazó un plan en riguroso secreto. Empezó entablando conversaciones con ellos, invitándolos a un trago o a un plato de comida para conocer la procedencia de aquellos objetos y las necesidades que allí tenían. Supo que la sal era un bien muy preciado en buena parte del camino y empezó a planear la ruta que iba a hacer. Montaría un carro con sus bueyes en la almadía que remontaba el río[1] y lo cargaría de sal y de lo que consideró podría venderse o intercambiarse por el camino. Cuando el río dejara de ser navegable, seguiría con su carro hasta llegar a la costa[2].

Cuando estuvo dispuesto para partir lo comunicó a su familia que lo tachó de loco, un viaje tan largo y lleno de peligros, ¿cómo se iba a hacer entender con aquellos pueblos que seguramente hablarían otra lengua?. Pero él no se arredró, sabía que aunque las lenguas de los pueblos celtas variaban unas de otras, no eran tan diferentes como para no comprenderse. Partió feliz y esperanzado. Aunque tardó en volver mucho tiempo, lo hizo cargado de hermosos objetos que vendió tan rápidamente que apenas pudo creerlo. A partir de ahí todo fue ampliar el negocio, establecer contactos sólidos y conocer bien las mejores rutas. La familia había continuado y había abierto relaciones comerciales con las poderosas castas de otras ciudades, incluso con algunas muy lejanas.

Viviendas de Heuneburg, reconstrucción

El tío abuelo de la niña, que escuchaba emocionada la historia aunque la conocía perfectamente, viendo el éxito que tenían las joyas que importaban de las colonias griegas en el Mediterráneo pensó que las debían producir ellos mismos. Él desde que era muy joven se había dedicado en su tiempo libre a fabricar joyas en bronce, era muy habilidoso y las usaba para regalar a alguna joven que le gustaba o para sacar algún beneficio que le permitiera tomar un trago. Pensó que aunque el oro era muy diferente, sabría sacarle partido. Lo planteó como una actividad más de la familia, al igual que el antepasado se había atrevido a hacer algo nuevo, ellos también podrían hacer lo mismo. Y así nació el taller de joyería.

Cuando la niña vino al mundo su familia ya era una de las más importantes de la ciudad. No tenía que levantarse al amanecer para ir a trabajar, ni tenía que coser sus propios vestidos. Cada mañana, se encaminaba junto con los otros hijos de las familias principales hasta la casa del druida donde eran instruidos en todo lo que iban a necesitar en su vida futura, lo que incluía un buen conocimiento de las plantas y árboles de su alrededor, de las fuentes de agua, de las estrellas de cielo y, sobre todo, de cómo comportarse con todos los seres vivos y con aquellos seres que, aunque solo se pudieran ver en circunstancias especiales, vivían en la naturaleza protegiéndola.

El druida los llevaba a los frondosos bosques, atravesando la ciudad hasta llegar a la muralla de 4 metros de altura, construida en adobe con una base de sillares y encalada para que relumbrara cuando le diera el sol y se pudiera ver desde lejos tratando de disuadir a los potenciales invasores. Tenía varias torres de vigilancia y una pasarela cubierta para que en los días de lluvia y nieve los centinelas estuvieran protegidos. Una vez atravesada la puerta pasaban entre las casas que se habían ido construyendo a medida que crecía la población para llegar, ya en terreno llano, hasta la segunda muralla de adobe y cruzar por la puerta monumental levantada sobre un zócalo de sillares.

Heuneburg

 Una vez que atravesaban la última muralla tenían ante su vista pequeños castros de montaña y un camino a recorrer flanqueado por los talleres de ceramistas, hiladoras o tintoreros, huertas, numerosas granjas y campos de pasto para las cabras y las ovejas, hasta llegar al bosque junto al río. Allí practicaban lo que habían aprendido en el aula.

En algunas ocasiones el druida los llevaba a visitar los túmulos donde estaban enterrados los personajes principales de la historia de la ciudad. Siempre les llevaban alguna ofrenda y les dedicaban una oración. La niña entonces soñaba que la enterraban en su propio túmulo, con sus mejores vestidos y sus joyas más hermosas y que cada año iban sus familiares a recordarla.

Cuando la niña creció su familia empezó a plantearse con quién la deberían unir, no podía ser cualquiera, ella pertenecía a la sociedad privilegiada dueña de bienes y de un negocio siempre en expansión. Pero fue el druida el que lo terminó decidiendo, se reunió con la familia y les habló de la familia que estaba interesada en unirse a ellos. Pertenecían a la élite militar y el joven ya había destacado en la lucha. La alianza podría llegar más allá de la mera unión de los jóvenes, propusieron formar un cuerpo de guerreros de élite que acompañaría a las expediciones para proteger las mercancías de los frecuentes asaltos que sufrían en ciertas etapas del viaje. Les pareció una propuesta interesante y la aceptaron.


No hubo novia mejor aderezada en toda la historia de la ciudad. El taller de joyería estuvo trabajando días para crear las mejores joyas que nunca habían hecho y el resultado fue espléndido, podían rivalizar con las procedentes de los talleres de Massilia. La túnica que la cubría era de lino muy fino y teñido de rojo. El mantón era de un tejido que procedía de un lejanísimo lugar, fino, suave y sutil, lo llamaban seda y solo los muy poderosos tenían acceso a él. Los arreos del caballo en el que llegó montada, eran otro trabajo delicado, así como la silla de montar. Ella estaba resplandeciente.

Desde el primer momento ella dejó bien claro que quería tener su propia vivienda, no quería compartir su vida ni con sus parientes ni con los de su esposo y como siempre se había salido con la suya, no dudó que esta vez también sería así. Se instalaron pues en la que los familiares de ambos habían mandado construir y la llenaron con muebles de madera  ricamente trabajados y con alacenas donde se exponía la hermosa vajilla griega que utilizaban en las grandes ocasiones. Entre sus objetos preferidos estaba un erizo de mar petrificado y un ammonites a los que tenía reservado un sitio preferente, se los habían traído de una zona muy alejada del mar y eso era lo que les hacía especialmente atractivos, porque ¿qué hacían animales marinos enterrados en montañas?

Adorno del pectoral del caballo

En los años siguientes tuvo tres hijos varones y una niña que murió al cumplir los cuatro años. La enterraron con una túnica azul, un manto de lana y sus adornos favoritos, entre los que destacaba un broche de oro salido del taller familiar y lo hicieron en una tumba sencilla junto al túmulo que ya estaban construyendo para ella que, no solo quería ver cumplido su deseo infantil sino que quería contemplarlo con sus propios ojos y dejarlo tal y como a ella le gustaba, aunque cierto es que también le hubiera gustado tardar un poco más en utilizarlo.

A la edad de 35 años murió y tal y como había dispuesto fue enterrada en el magnífico túmulo revestido de planchas de roble y abeto blanco que fueron cubiertas con telas. En él depositaron un riquísimo ajuar,  piezas de tela, pilas de pieles, un adorno hecho de colmillos de jabalí y campanillas de bronce para el pectoral de su caballo, hermosos objetos tallados en madera de boj y su cuerpo adornado con sus mejores joyas de ámbar, oro y bronce, brazaletes tallados en piedra negra y un cinturón de bronce y cuero. También depositaron el ammonites y el erizo de mar petrificado, tal y como ella había querido.

En el lado opuesto de la cámara enterraron a su sirvienta personal para que pudiera seguir atendiéndola, con sus modestos adornos de bronce y con los arreos del caballo, ricamente decorados, entre sus manos.

La madera que revestía la cámara fue cortada en el otoño del año 583 ac y aunque la tumba de la niña fue saqueada, la suya permaneció intacta. Se encontró en Heuneburg (Alemania)

 



[1] Danubio

[2] Massilia

viernes, 26 de junio de 2020

LA PRINCESA CELTA

Reconstrucción del palacio y traslado del cuerpo
Ella había nacido en el seno de una familia privilegiada. Una familia que controlaba el trasiego de caravanas que transportaban el estaño que, procedente de Britania, viajaba hasta Etruria y Grecia; el ámbar proveniente de los países del norte y el vino o la sal que se dirigían a Britania. Hasta allí llegaban las caravanas con sus cargamentos y gran parte de ellas continuaban el viaje a través del río[1] pero siempre dejaban parte de su carga, muy apreciada por las gentes que podían permitírsela.

Sobre una colina de cima plana, se había construido una ciudadela que dominaba los extensos campos agrícolas y las viviendas de los agricultores que la circundaban. Para proteger la indudable riqueza de la ciudadela, se había construido un sistema defensivo realmente impresionante. Fosos y muros de más de 8 metros de espesor con un sistema de piedras y vigas de madera transversales y longitudinales unidas por clavos de hierro, sobre una base de escombro bien asentada y un revestimiento final de piedra que los hacía prácticamente inviolables[2].

La casa donde había nacido era un auténtico palacio compuesto por varios edificios.  El principal, de 35 x 21 metros y 12 de altura, estaba destinado a actividades públicas y los otros a la vivienda propiamente dicha. Las viviendas de los habitantes, estaban  construidas con adobe y vigas de madera con un revestimiento de cal que refulgía cuando les daba el sol, haciendo un hermoso contraste con los techos de paja. A ella le gustaba observar todo aquello desde la altura durante el ocaso, pensando en las palabras de sus padres, “un día gobernarás sobre todos ellos y deberás hacerlo con justicia”.
Kilix, copa para el vino

Mientras llegaba ese día, a ella le gustaba corretear entre los edificios y mirar en el del correo a ver si había llegado algún mensajero con noticias importantes o subirse a la escalera y mirar en los almacenes construidos sobre pilotes para que los roedores no pudieran entrar. Así se hacía una idea de cuántas cosas se consumían y de cuándo empezaban a escasear.

Pero lo que más le gustaba era asistir a las sesiones que se celebraban en los edificios excavados en la tierra, oscuros y silenciosos donde se narraban historias que encendían su imaginación. A veces eran historias que llevaban los comerciantes, otras eran narraciones de su propio pueblo y otras de los dioses que les protegían y que también les castigaban. Muy a menudo se desarrollaban sesiones de música y canto y entonces se podía bailar, que era lo que ella prefería. En estas ocasiones todos bebían el vino que se producía en la región y que era muy apreciado fuera de ella, incluso lo trasladaban en ánforas selladas, a lo largo del río para abastecer a las poblaciones por donde pasaba.
Torques

Un día que estaba en el puerto del río contemplando como cargaban una de las naves, vio a un grupo de esclavos que iban a ser embarcados para venderlos río arriba en alguna de las grandes poblaciones que requerían muchas mercancías. Entre ellos iba una jovencita de aspecto triste y cabeza gacha que, al sentirse observada, levantó hasta que se cruzaron sus miradas. Fue una mirada suplicante, o así le pareció a ella, era como si dijera “no dejes que me embarquen”. Ella se dio media vuelta y corrió en busca de su padre para rogarle que se quedara con la muchachita de mirada triste. Él que era incapaz de negarle nada a su hijita, se acercó hasta el muelle y preguntó a los estibadores por el grupo de esclavos que acababan de embarcar, le señalaron al capitán del barco como el responsable de la carga y fue a hablar con él.
Crátera

Después de una larga negociación que ella seguía en la distancia sin saber qué se decían, vio como el capitán daba una orden y al cabo de un rato aparecía en la cubierta la muchacha cuyo rostro dejaba traslucir la sorpresa y el miedo que sentía ante aquel cambio imprevisto. Su padre habló con uno de sus hombres que salió corriendo en dirección al palacio, para volver con una bolsa de cuero en las manos que depositó en las de él. De ella extrajo unas piezas de metal que entregó al capitán y éste hizo lo propio con la muchacha. Bajaron del barco y se dirigieron hacia el palacio. Por el camino ella se sumó al grupo correteando alegre a su alrededor. Al llegar su padre llamó al jefe de la intendencia y le entregó a la chica para que la asearan y le indicaran que a partir de ese momento estaba al cuidado de su hija.
Gorgona, detalle de la crátera

Aquella muchacha procedía de Tracia, había sido vendida por sus familiares al fallecer sus padres y su destino más probable era ser vendida a algún hombre que la utilizaría como a un objeto sexual hasta que se hartara de ella. Por eso, cuando se dio cuenta de cuál iba a ser su destino, lloró de alegría. A partir de ese momento no se separó de la niña y le agradeció toda la vida el giro que le había dado a la suya. Juntas se hicieron mayores y cuando ella se unió con el hombre destinado, se encargó de vestirla, peinarla y engalanarla para la ceremonia. En ese momento la princesa le hizo prometer que, si moría primero, la engalanaría con el mismo cuidado y la vestiría con las mejores prendas.

Llegado ese día la doncella cumplió con su palabra. Le puso el vestido más hermoso que nunca tuvo sujeto por varias fíbulas de hierro. Le colocó un collar de gruesas cuentas de ámbar y piedra, varios anillos  y pulseras de pizarra, una tobillera de bronce, un brazalete de lignita y un torque de oro macizo de 24 quilates y un peso de 480 gramos, rematado en la figura de un caballo alado. Así engalanada la subieron a un carro de cuatro ruedas de radio, de 74,5 centímetros de diámetro, con la rodadura recubierta de hierro y numerosos apliques metálicos que aludían a su estatus social y la historia de su familia. 

Reconstrucción del carro funerario
El carro tirado por dos caballos, encabezaba la procesión e iba seguido por otro tirado por bueyes que portaba el ajuar con el que la iban a enterrar. Una riquísima vajilla venida del Mediterráneo: una pátera de plata, una gran crátera de bronce del sur de Italia, un oinochoe para escanciar, también de bronce, y los vasos de cerámica ática que servirían para beber durante la ceremonia. La crátera donde mezclarían el vino iba desmontada debido a su gran tamaño.

Y así la trasladaron hasta el túmulo que estaba preparado en lo alto de la colina. Habían construido un muro de unos 2 metros de altura que rodeaba a la construcción de 42 metros de diámetro y 5 de altura rematada en una cúpula de bloques de piedra. La cámara, de 4x4 metros estaba forrada de madera y en su centro colocaron el carro desmontando las ruedas que dejaron apoyadas en la pared. A su lado montaron la gran crátera de 1.100 litros de capacidad y 208,6 kg de peso, que estaba dividida en piezas individuales.

Torques, detalle
El recipiente estaba hecho de una sola lámina de bronce martillado de tan solo 1 mm de grosor y unos 60 kg de peso, con un diámetro máximo de 1,27 m. El cuello era un anillo de bronce decorado con ocho carros cada uno de ellos tirado por cuatro caballos y conducido por un auriga y con un hoplita[3] completamente armado a pie tras el carro. En el cuello se apoyaban las  asas con forma de voluta de 55 cm de altura que estaban sostenidas por leonas rampantes. En cada una de ellas figuraba la cabeza de una Gorgona, el trabajo era tan esmerado y de tanto relieve que acumulaba un peso de 46 kg por cada asa. El pie, con un diámetro de 74 cm, estaba hecho de una sola pieza moldeada y pesaba 20,2 kg. También estaba decorado con motivos vegetales estilizados.

Mientras se montaba la crátera, los presentes entonaban cantos en honor de la mujer. Una vez montada, se llenó de vino y cada uno tomó una copa y sucesivamente fueron acercándose a llenarla, bebiendo en su memoria y derramando una pequeña cantidad en el suelo a modo de ofrenda.

Una vez terminada la ceremonia el túmulo se cerró en el año 500 ac. Se encuentra en el Mont Lassois junto a la ciudad francesa de Vix, en el norte de Borgoña, Francia.


Reconstrucción de la tumba






[1] Río Sena, navegable a partir de este punto

[2] Muros Gallicus, descritos por JulioCésar

[3] Soldado de infantería pesada

domingo, 7 de junio de 2020

EL ALA DE CISNE


La niña era muy pequeña, apenas cinco años, cuando los hombres regresaron del enfrentamiento que habían mantenido con otro poblado por el control de las zonas de pesca. Trajeron consigo al jefe rival atado fuertemente con cuerdas y lo tuvieron amarrado a un poste durante los días que tardaron en preparar el ritual.

Ella era muy curiosa y en su corta vida nunca había presenciado nada igual, así que miraba todo con ojos llenos de asombro. Observó cómo, en el día prefijado, prepararon una gran hoguera junto al poste donde estaba atado el prisionero y cómo le dieron muerte. A continuación despiezaron el cuerpo, lo colocaron sobre las brasas y después de asarlo, los hombres que habían ido a la lucha, lo comieron entre cantos rituales y algunos gritos de júbilo por la victoria conseguida, asimismo partieron sus huesos para comer la médula, el sitio donde residía la fuerza vital. De vez en cuando se pasaban un recipiente de madera que contenía cerveza hecha a base de arándanos, trigo y miel.

Anzuelo de hueso
La niña preguntó por qué se comían a una persona y le respondieron que al capturar a un guerrero valiente o a un jefe rival, había que consumir su carne para apoderarse de esa valentía y hacerse ellos más fuertes. También era necesario para infundir al otro grupo un poco  de miedo que les hiciera respetar los derechos adquiridos por su tribu desde mucho tiempo atrás.

El suyo era un pueblo que obtenía sus principales recursos del mar, a cuya orilla vivían. Tenían pequeñas embarcaciones hechas en un tronco de árbol vaciado y remos para impulsarse. Otros grupos vivían en las pequeñas islas que se diseminaban por aquella costa y a veces, como cuando alguna ballena se aproximaba a sus lugares de pesca, colaboraban entre todos para capturarla. Además de la carne, era muy apreciada su grasa con la que llenaban las lámparas de arcilla.

También cazaban delfines[1], focas[2] y orcas y, por supuesto, muchos peces que capturaban en la misma orilla con cercas hechas con postes de avellano y finas ramas de sauce trenzadas que, al bajar la marea, los dejaban atrapados  y listos para ser recogidos a mano. Los peces más grandes los cazaban desde las barcas con lanzas rematadas con una fila de dientes de piedra incrustados; lucios, bacalaos, anguilas, tiburones sardineros y muchos otros les servían de alimento.
Cuchillos de sílex

Ella, como los demás niños, ayudaba a recolectar moluscos en la orilla del mar, pero lo que más le gustaba era dar de comer a los animales que habían aprendido a domesticar. Se pasaba el tiempo mirando como comían los cerdos mientras recordaba la historia de cómo habían pasado de jabalíes a cerdos que, aunque eran bastante fieros y había que mantenerse a una cierta distancia de ellos, eran mucho más dóciles y a veces hasta cariñosos.

Unas gentes venidas del sur habían sorprendido a sus ancestros al verlos llegar hasta su poblado con un grupo de animales, ovejas, vacas, cabras y, por supuesto, cerdos. Junto a ellos venía un grupo de perros que les obedecía y ayudaba a controlar el ganado, pero esto no les sorprendió, ellos también tenían perros que les acompañaban en sus partidas de caza y les avisaban cuando alguien ajeno al poblado se aproximaba.

El jefe y los ancianos les permitieron quedarse en unas tierras un poco alejadas de las que ellos habitaban y a cambio ellos les enseñaron el arte de la domesticación y se comprometieron a dejar la caza de ciervos, corzos y jabalíes a sus anfitriones, ellos tenían su propia carne. Con el tiempo llegaron a tener sus propios rebaños pero no dejaron de cazar.
Trampa para peces

La niña también salía con las mujeres y los otros niños a recoger todo lo que la tierra les proporcionaba generosamente. Las bellotas que servían tanto para dar de comer a los cerdos como para hacer unas gachas que, aunque no eran tan ricas como las que se hacían con la grama[3] que eran dulces, tampoco estaban mal. A ella le encantaba la raíz de la remolacha que le dejaba los dedos teñidos de rojo. Pero sus preferidas eran las frambuesas, las moras y las fresas, había que aprovecharlas bien porque enseguida se acababan y hasta el año siguiente no volvían.

Con el tiempo la niña aprendió a hilar las fibras que obtenían de la planta de la ortiga[4] para hacer la ropa que llevaban sobre todo en verano y que a menudo teñían de azul con la planta del añil[5] que crecía en los prados. La ropa de invierno la confeccionaban con pieles bien curtidas que cosían con agujas hechas de hueso. Castores, ardillas , turones , tejones , zorros  y linces se las proporcionaban.

La curiosidad que sentía por todo desde que nació, le hizo también aprender a hacer las jarras y las ollas que utilizaban en las ceremonias importantes y las que usaban para cocinar. Al principio le pareció muy divertido hacer rollitos de arcilla que se iban colocando sobre una base, unos encima de otros siguiendo la forma que iba a tener la pieza, pero una vez que aprendió la técnica, su interés se diluyó. No iba a ser ceramista toda su vida, decidió.
Vasija de cerámica


Y efectivamente no lo fue, porque al alcanzar la edad requerida fue la elegida para unirse al nuevo jefe del poblado. Un hombre joven y fuerte que había demostrado su valía en más de una ocasión, dirimiendo conflictos entre ellos y también con los poblados vecinos.

Construyeron su cabaña de madera bien ensamblada, con la puerta, como todas las demás, mirando al mar. Había quien pensaba que se hacía así para poder mirar la gran masa de agua salpicada de pequeñas islas, nada más despertar, pero para muchos significaba saber si el día iba a ser bueno para pescar o, por el contrario, una tormenta o una fuerte marejada les iban a impedir salir. No necesitaban que fuera muy grande porque solo les servía para dormir y como almacén. En el exterior se hacía una fogata para cocinar y agruparse en torno a ella al caer la tarde para escuchar las historias que los más viejos contaban.

El tiempo pasó, ella ya tenía 17 años y seguía sin tener hijos, se preguntaba si alguna maldición desconocida que le impidiera tenerlos la habría marcado, no quería creerlo pero a veces sucedía que algunas mujeres murieran de viejas sin haber parido nunca y eso solo a los dioses se le podía atribuir. Pero este no iba a ser su caso, por fin quedó embarazada y se sintió llena de dicha, una nueva vida salida de ella misma se iba a unir al poblado.
Enterramiento de Vedbaek


Llegó el día del parto, que fue lento y muy doloroso. La criatura no parecía dispuesta a nacer. Dos días duró y cuando al fin el parto se produjo, el niño, pues era un varón, nació muerto. La sangre no dejaba de manar del cuerpo de la mujer y no hubo nada que se pudiera hacer. Al final murió junto a su hijo recién parido.

Todo el poblado participó en las ceremonias, no en vano eran la mujer y el hijo del jefe. Les trasladaron al vecino lugar donde enterraban a sus muertos y cavaron una tumba que acogería a ambos. A ella la vistieron con un traje decorado con filas de cuentas de concha de caracol y una gran cantidad de adornos; un collar hecho de dientes de jabalí y cerca de 200 jabalíes y ciervos rodeándola. Su largo cabello rubio se extendía sobre un paño decorado como el vestido, que hacía de almohada.

Su rostro y su pelvis fueron cubiertos con una buena cantidad de ocre rojo y a su lado extendieron el ala de un cisne sobre la que colocaron amorosamente a la criatura que nunca llegó a ver la luz. Le enterraron con un cuchillo de sílex, igual al que hubiera llevado si hubiera llegado a la edad adulta y junto a un recipiente de madera lleno de ocre rojo con el que espolvorearon su pequeño cuerpo.

El cisne capaz de caminar sobre la tierra, nadar en el agua y volar en el aire, es experto en moverse en mundos muy diferentes, esto unido a su peculiar belleza, le hizo ser elegido el mensajero de los dioses. Así lo pensaban las poblaciones sami del siglo XIX.

La mujer y su hijo fueron enterrados en Vedbaek, en la costa de Dinamarca, hace unos 6000 años.

Recreación del enterramiento


[1] Delfines de pico blanco y de nariz de botella
[2] Anillada, arpa y gris
[3] Glyceria fluitans
[4] Urtica dioica
[5] Isatis tinctoria

viernes, 29 de mayo de 2020

LA ESCLAVA DE LA MARQUESA DE DAI


El hombre había pedido un préstamo a su señor el marqués de Dai para ampliar sus tierras de cultivo esperando una buena cosecha, pero la climatología no le había favorecido durante tres años seguidos y ahora se veía arruinado y sin posibilidad de pagar a tiempo su deuda. Se presentó ante el administrador del señor y le expuso su situación. Éste le recordó cual era el sistema, si no podía pagar tendría que convertirse en esclavo.

Sirviente dinastía Han
Volvió a su casa apesadumbrado y le expuso a su mujer el problema, ya tenían siete hijos pequeños que sin el padre no podrían sobrevivir ¿quién iba a cultivar la tierra? Decidieron que el padre volvería a palacio y le propondría al administrador un cambio.

A la mañana siguiente logró otra entrevista con aquel hombre tan ocupado y le comunicó lo que había acordado con  su mujer. El administrador lo pensó durante un rato, mientras saboreaba una taza de un té aromático que el campesino nunca podría probar y finalmente le dio su aprobación.


Y aquella niña que se había salvado de morir al nacer, solo por el hecho de ser niña, fue la salvadora de la familia. Su padre la llevó hasta el palacio del marqués de Dai y la entregó al portero para que pasara el resto de su vida entre aquellas paredes que encerraban un lujo ni siquiera soñado por una familia de campesinos.

Su trabajo comenzó en las cocinas limpiando, fregando y viendo pasar por delante las cosas que  los señores comían y que ella  ni siquiera sabía que existían. Además de pollos, patos mandarines, gansos,  ovejas,  cerdos y vacas, en esas cocinas se preparaba carne de camello y de animales que se cazaban para ellos como el ciervo sika, la tórtola, el ganso, el búho, la  perdiz de bambú china, la urraca, el faisán común y las grullas. Ella había probado alguna vez pescado cuando su padre no había podido vender todo lo conseguido pero aquí había peces inimaginables  e incluso tortugas. Pero, por supuesto,  nada de eso era para ella, la jefa de cocina repartía las sobras entre el personal pero para ella, recién llegada solo había un cuenco de arroz con algunas verduras y a veces un trozo de carne. En realidad era más de lo que comía en su propia casa así que no tenía motivos de queja.
Sopera y cucharón de madera lacada

Una mañana el personal de cocina se vio diezmado por una intoxicación, todos vomitaban y no paraban de visitar el excusado que había en el patio, así que ella, que era la única que no había comido más que su arroz con verduras, fue la encargada de llevarle el té a la señora. Tuvieron que indicarle varias veces el recorrido que había que hacer para llegar a sus habitaciones y, aunque llevaba la mirada baja, no podía dejar de advertir las cosas maravillosas que se extendían a su alrededor. La señora la miró detenidamente y le preguntó por su situación, ella contestó sin levantar la vista incluso cuando los dedos de larguísimas uñas le tomaron la barbilla para observarla mejor. La despidió con un gesto y ella regresó a la cocina.

Pero esa misma tarde le hicieron presentarse en las oficinas del administrador quien le dijo que la señora quería que pasase a su servicio personal, ella amaba profundamente las cosas hermosas y la niña se lo había parecido, quería tenerla a su lado cuando abriese los ojos por la mañana para deleitarse contemplando su pequeña boca roja y sus ojos de almendra.

Jarrón
Lo primero que hicieron fue llevarla a bañarse cuidadosamente y cambiaron su sencilla ropa de algodón por otra de seda. Falda muy larga por detrás, blusa corta, una  túnica de una sola capa, calcetines y zapatos, además de ropa interior blanca. Entró en las estancias de la señora y ésta le indicó un colchón en el suelojunto a su cama, con una cubierta acolchada de seda y un almohadón,  allí dormiría permaneciendo atenta a lo que ella pudiera desear incluso en medio de la noche.

Pronto aprendió a satisfacer todos los deseos de su señora con prontitud porque ella siempre tenía a mano un abanico con el que golpearla si se retrasaba o un bastón de madera lacada y cubierto de dibujos de madreperla, de apariencia delicada pero duro como una estaca y eso lo sabían bien sus costillas y sus piernas.

La marquesa, al contrario que la mayoría de las mujeres de la nobleza, sabía leer pero con el tiempo su vista había empezado a decaer. Decidió que su esclava personal aprendiera a hacerlo para que pudiera leerle los textos de su predilección, el Tao Te Quing y los escritos que los maestros taoístas le hacían llegar. Recientemente había recibido de ellos un tratado sobre el Chi Kung y sus movimientos que ayudaban a mantener la vitalidad y la buena salud y estaba muy interesada en seguirlo por lo que llamó al maestro que se lo había enviado para que les enseñara a practicarlo. Al amanecer ambas salían a la galería orientada al este y tras convocar a los ancestros taoístas, comenzaban la práctica presidida por una pintura en seda que representaba los diferentes ejercicios.

Al atardecer la joven sacaba de un arca de madera lacada, los textos que su señora quería leer esa noche, podían ser de filosofía, historia, ciencia o cualquier otra materia en la que estaba bien instruida. A veces tenía que hacer una consulta sobre la decisión a tomar con respecto a algún asunto de importancia, entonces pedía que le llevara el I Ching, El Libro de los Cambios y los 52 tallos de milenrama necesarios para llevarla a cabo.

Bandera "ropa voladora"
Estas lecturas se hacían en la sala presidida por una bandera en forma de T que había dispuesto se pusiera sobre su sarcófago el día que muriera porque representaba el viaje al más allá. En la parte superior estaba representado el Cielo, presidido por los héroes fundadores Fu Xi y Nü Wa; la parte media, el mundo, en donde se describía el viaje que la dama Dai haría hacia el más allá y la inferior mostraba el inframundo, en el que habitan dos serpientes entrelazadas. En las esquinas se encuentra el cuervo que simboliza el Sol y el sapo que simboliza la Luna, el apareamiento del Sol y la Luna representa las fuerzas cósmicas del yin y yang. Esta bandera recibía el nombre de “ropa voladora”.

Un día, mientras estaban enfrascadas en la lectura, el sirviente personal del señor de Dai pidió permiso para entrar en el aposento, era tan inusual el pedido que enseguida pensaron que algo fatal había sucedido. Así era, el marqués había fallecido. Enseguida se dispusieron todas las ceremonias que había que llevar a cabo y los arreglos de la tumba que ya tenía preparada, así como todas las ofrendas que habría que depositar en ella.

Una vez que los rituales hubieron concluido, la marquesa dispuso que construyeran su propia tumba en las inmediaciones de la de su marido pero mientras estaba en construcción, su hijo mayor también falleció lo que le obligó a modificar el proyecto para acogerle también a él.

A pesar de la práctica continuada de Chi Kung, la salud de la marquesa no hacía más que empeorar. Los maestros le recomendaban una dieta que ella no seguía porque comer le producía un placer extremo y probar nuevas recetas era una de sus pasiones. Ahora que ya había cumplido 50 años, tenía obesidad mórbida, grandes molestias digestivas producidas por cálculos biliares y dolor en las articulaciones producido por la arterioesclerosis que padecía.

Reconstrucción ejercicios de Chi Kung
Día a día su estado de salud iba empeorando, cada vez se fatigaba más y el corazón se le aceleraba al realizar el más mínimo esfuerzo, se dio cuenta de que su tiempo en la tierra se acababa. Le pidió a la muchacha que le llevara todo lo necesario para redactar un documento; en él le concedía la libertad y le dejaba el suficiente dinero como para que pudiera llevar una vida decorosa, con la condición de que estuviera con ella hasta su muerte y se encargara de que todo lo que deseaba llevarse a la tumba estuviera dispuesto. También tenía que estar presente cuando todo se depositara dentro de ella, para asegurarse de que nadie se quedaba con nada.


Al poco tiempo su corazón no aguantó más y se desplomó en medio de su dormitorio. Inmediatamente se activó todo el protocolo para prepararla para su último viaje. Había dispuesto que la vistieran con una blusa de gasa tan fina que era posible ver a través de ella y que la envolvieran en veinte capas de ropas para todo tipo de climatología, fijadas por nueve cinturones. Así la sumergirían en un sarcófago de madera de pino en el que habían depositado ochenta litros de un preparado a base de un compuesto ácido rico en magnesio que preservaría su cuerpo.

Reconstrucción de la tumba
Sobre este sarcófago se colocaría su bandera funeraria en forma de T y después se introduciría en otro y así hasta cuatro. La cámara mortuoria, también hecha de madera y losas de hasta 500 kilos, tenía dos estancias, una para el cadáver y otra para depositar todo el ajuar. Estuches de aseo con trípode, jarrones, cucharas, paletas, copas y vasos, jarras, bandejas y abanicos todo en madera lacada, piezas de seda y vestidos. Instrumentos musicales como una cítara, un órgano de 22 tubos y varias cornamusas.  Ciento sesenta y dos figurillas de madera y varias maquetas funerarias. Tampoco faltaron sus libros preferidos, dos ejemplares del Tao Te King y uno del I Ching, además de un manuscrito de medicina, numerosos rollos de filosofía taoísta y otros de geografía, estrategia militar, astronomía o adivinación, incluso algunos sobre la forma de las nubes o de fisiognomía para caballos
Tampoco podían faltar sus hierbas medicinales y sus platos favoritos, guisos de verduras y carne cocinados en vasijas, estofados de carne de vaca y arroz, de carne de perro, de apio y de venado, pescado y brotes de bambú. Arroz, trigo, cebada, dos variedades de mijo y soja, azúcar, miel, salsa de soja y sal.

Su cámara, junto con las de su esposo e hijo, se cubrieron con grandes planchas de ciprés, unos veinte metros de tierra compacta y varias capas de carbón y arcilla blanca. Toda esta preparación hizo que se conservara extraordinariamente bien todo el conjunto. Los documentos nos han permitido saber que el personaje allí enterrado con un lujo extraordinario era Xin Zhui, esposa de Li Cang (segunda mitad del s.III-185 a.C.), primer ministro del Estado de Changsha (202 a.C.- 7 d.C.) durante la dinastía Han del Oeste y Marqués de Dai. Su cuerpo muy bien conservado, tenía la piel todavía húmeda, pelo, cejas y pestañas. Su sangre, del tipo A, se mantenía roja y fluida dentro de su cuerpo y sus órganos internos, que la autopsia reveló “como los de una persona fallecida apenas una o dos semanas atrás”, no mostraban signos de corrupción. Murió a principios del verano y su última comida fué un melón del que su estómago conservaba 138 semillas.
 
La Marquesa de Dai

miércoles, 29 de abril de 2020

LA DAMA ROJA

La niña tenía ocho años cuando cayó enferma. Tenía fiebre muy alta y deliraba agitándose convulsivamente. Ninguno de los remedios aliviaba su mal. Su madre imploraba a la Diosa Madre su curación pero Ésta no parecía escucharla. Así pasaron ocho días y al amanecer del noveno, la niña despertó sin fiebre y pidiendo algo de comer. Al cabo de unos días, cuando se vio que estaba plenamente curada, ambas subieron en compañía de la chamana hasta la cueva que estaba por encima de la suya[1].
El Mirón

En esa cueva moraba la divinidad o, por lo menos, se manifestaba allí. La chamana había dicho que tenían que subir para agradecer la curación de la niña, porque era un hecho indiscutible que había sido gracias a su intervención. Salvaron la fuerte pendiente que separaba ambas cavidades y al llegar al abrigo penetraron inclinándose reverencialmente. La chamana ordenó a la madre esperar allí y con la niña se internó hasta la cavidad de la que salían dos galerías; tomaron la de la derecha recorriendo unos 65 metros hasta llegar a un punto en que la galería se estrechaba cobrando una forma abovedada que recordaba a un útero. La galería continuaba pero allí estaba flanqueada por la figura de dos ciervas. La chamana movió la lámpara de sebo que había alumbrado el camino y moviéndola de derecha a izquierda comenzó a recitar una invocación tan antigua que nadie sabía cuándo se había creado. Ante sus ojos las figuras que estaban pintadas en las paredes cobraron vida, las ciervas se movían, corrían y saltaban. La niña miraba asombrada aquel prodigio con el temor que dan las cosas inexplicables.

Cuando la chamana concluyó su ritual, ambas salieron sin hablar y junto a la madre, regresaron a su cueva. Madre e hija sabían que no debían hablar con nadie de lo sucedido, la chamana era la única que podía hacerlo si lo estimaba necesario.
Covalanas

Unos días después la chamana llamó a la mujer. La Diosa Madre me ha hablado, le dijo, enfermó a tu hija, se comunicó con ella mientras estaba inconsciente y una vez sanada, quiso verla en su santuario para probar su valor y su fortaleza. Ha pasado la prueba, continuó, ahora debe dedicarse a Ella por completo y cuando yo muera, será mi sucesora.

A partir de aquél día dejó su lugar habitual en la cueva y se instaló junto a la chamana, se fue desnuda y sin ninguna pertenencia porque ahora su vida iba a ser otra y otras debían de ser las cosas de las que se rodeara. La chamana le entregó las prendas que había confeccionado para ella, un traje de suave piel de gamuza, unas botas, un cinturón para alargar o acortar la falda según la necesidad, una capa de piel de oso para lo más crudo del invierno y una bolsa de piel para guardar las medicinas que tendría que elaborar. Tu misma deberás hacer todo lo que necesites, nadie debe tocar tus prendas ni tus útiles, también tendrás que hacerte un cesto para recoger plantas y setas que luego utilizarás. Tienes mucho trabajo por delante y mucho que aprender, no creo que de ahora en adelante tengas tiempo libre.

La niña se entristeció, nunca más iría con sus amigos al bosque a cazar, ni a recolectar, tampoco jugaría con ellos, ni se acercaría al río a bañarse o a pescar. No estés triste, le dijo la chamana, tu vida va a ser mucho más rica que la de todos ellos. ¿Cómo puedes saber lo que estoy pensando?, se atrevió a decirle. Ella rió, esa es solo una de las cosas que pronto aprenderás y que te harán diferente a los demás. Le dio un beso en la cabeza y le conminó a arreglar su estancia.

Covalanas
Periódicamente ambas subían a la cueva y allí entre las ciervas pintadas por sus antepasadas, recibió instrucción, aprendió a mantener la mente en silencio para poder escuchar lo que la Diosa le quisiera decir; a comunicarse con los seres invisibles que poblaban el mundo y a los cuales nadie podía ver ni escuchar porque tenían sus sentidos constantemente llenos de palabras, pero que estaban ahí rodeándoles. También aprendió a comunicarse con los árboles, tan sabios y, ya en el propio bosque, a distinguir las plantas sanadoras de las venenosas y a conocer el poder de algunas setas. Empezó a conocer a las estrellas del cielo y cómo le indicaban qué rumbo debía seguir cuando era de noche. Ciertamente no tuvo tiempo para echar de menos nada de su vida anterior.

Cuando la chamana murió, ella le sucedió. Ahora era ella la que dirigía las ceremonias anuales en la cueva. Ante la cierva grande de más de un metro, pero también ante las otras no mucho más pequeñas, desarrollaba la narración aprendida y con ayuda de las lámparas de sebo, hacía que las ciervas se animaran y parecieran cobrar vida.

Su fama se extendió y venían muchas otras tribus para consultarle o para que sanara a enfermos cuya dolencia no curaban sus propios chamanes. También empezaron a llegar desde lugares lejanos a las ceremonias principales que se desarrollaban en la cueva sagrada.
El Mirón, grabado del enterramiento


Su tribu fue cobrando prestigio y estas visitas les permitieron comerciar con objetos y materias primas que traían consigo y aprender nuevas técnicas y nuevas maneras, a la vez que ellos les enseñaban las suyas. Así fue como conocieron el ocre más perfecto y brillante que jamás vieron y el lugar de dónde se extraía, un monte[2] pegado al mar a una media jornada de distancia.

Pero todos sus conocimientos sobre dolencias y sus remedios y sobre los fenómenos visibles e invisibles,  no la preservaron de una muerte un poco prematura. Era una mujer sana y fuerte cuando murió a los 35 años. Llevaba una dieta rica en carne, moluscos y vegetales, además de setas, principalmente boletus.

Su gente, consternada la preparó para un gran entierro. Depositaron su cuerpo en el monte, haciendo guardia para preservarla de los animales, hasta que se descarnó. Mientras tanto eligieron un lugar en la cueva alejado de la entrada y en el techo grabaron los motivos que la identificaban como la gran chamana que era. Una vez preparado el sitio, separaron el cráneo y los huesos largos del resto del cuerpo y los preservaron en otro lugar.

El resto del esqueleto fue colocado de lado y con las piernas flexionadas, lo recubrieron con el ocre brillante del Monte Buciero y lo taparon con pieles, después  depositaron  sobre el conjunto una gran cantidad de flores.
Es posible que los huesos separados del cuerpo, fueran llevados a la cueva sagrada y allí recibieran homenaje en las fiestas señaladas, pero de esto no hay constancia alguna.

El Mirón
La mujer fue enterrada en la cueva de El Mirón (Ramales de la Victoria, Cantabria), hace unos 18.700 años. Sus descubridores decidieron llamarla “La Dama Roja” por la cantidad de ocre de ese color que la cubría.



[1] Cueva de Covalanas, Ramales de la Victoria (Cantabria)
[2] Monte Buciero, en Santoña