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domingo, 7 de junio de 2020

EL ALA DE CISNE


La niña era muy pequeña, apenas cinco años, cuando los hombres regresaron del enfrentamiento que habían mantenido con otro poblado por el control de las zonas de pesca. Trajeron consigo al jefe rival atado fuertemente con cuerdas y lo tuvieron amarrado a un poste durante los días que tardaron en preparar el ritual.

Ella era muy curiosa y en su corta vida nunca había presenciado nada igual, así que miraba todo con ojos llenos de asombro. Observó cómo, en el día prefijado, prepararon una gran hoguera junto al poste donde estaba atado el prisionero y cómo le dieron muerte. A continuación despiezaron el cuerpo, lo colocaron sobre las brasas y después de asarlo, los hombres que habían ido a la lucha, lo comieron entre cantos rituales y algunos gritos de júbilo por la victoria conseguida, asimismo partieron sus huesos para comer la médula, el sitio donde residía la fuerza vital. De vez en cuando se pasaban un recipiente de madera que contenía cerveza hecha a base de arándanos, trigo y miel.

Anzuelo de hueso
La niña preguntó por qué se comían a una persona y le respondieron que al capturar a un guerrero valiente o a un jefe rival, había que consumir su carne para apoderarse de esa valentía y hacerse ellos más fuertes. También era necesario para infundir al otro grupo un poco  de miedo que les hiciera respetar los derechos adquiridos por su tribu desde mucho tiempo atrás.

El suyo era un pueblo que obtenía sus principales recursos del mar, a cuya orilla vivían. Tenían pequeñas embarcaciones hechas en un tronco de árbol vaciado y remos para impulsarse. Otros grupos vivían en las pequeñas islas que se diseminaban por aquella costa y a veces, como cuando alguna ballena se aproximaba a sus lugares de pesca, colaboraban entre todos para capturarla. Además de la carne, era muy apreciada su grasa con la que llenaban las lámparas de arcilla.

También cazaban delfines[1], focas[2] y orcas y, por supuesto, muchos peces que capturaban en la misma orilla con cercas hechas con postes de avellano y finas ramas de sauce trenzadas que, al bajar la marea, los dejaban atrapados  y listos para ser recogidos a mano. Los peces más grandes los cazaban desde las barcas con lanzas rematadas con una fila de dientes de piedra incrustados; lucios, bacalaos, anguilas, tiburones sardineros y muchos otros les servían de alimento.
Cuchillos de sílex

Ella, como los demás niños, ayudaba a recolectar moluscos en la orilla del mar, pero lo que más le gustaba era dar de comer a los animales que habían aprendido a domesticar. Se pasaba el tiempo mirando como comían los cerdos mientras recordaba la historia de cómo habían pasado de jabalíes a cerdos que, aunque eran bastante fieros y había que mantenerse a una cierta distancia de ellos, eran mucho más dóciles y a veces hasta cariñosos.

Unas gentes venidas del sur habían sorprendido a sus ancestros al verlos llegar hasta su poblado con un grupo de animales, ovejas, vacas, cabras y, por supuesto, cerdos. Junto a ellos venía un grupo de perros que les obedecía y ayudaba a controlar el ganado, pero esto no les sorprendió, ellos también tenían perros que les acompañaban en sus partidas de caza y les avisaban cuando alguien ajeno al poblado se aproximaba.

El jefe y los ancianos les permitieron quedarse en unas tierras un poco alejadas de las que ellos habitaban y a cambio ellos les enseñaron el arte de la domesticación y se comprometieron a dejar la caza de ciervos, corzos y jabalíes a sus anfitriones, ellos tenían su propia carne. Con el tiempo llegaron a tener sus propios rebaños pero no dejaron de cazar.
Trampa para peces

La niña también salía con las mujeres y los otros niños a recoger todo lo que la tierra les proporcionaba generosamente. Las bellotas que servían tanto para dar de comer a los cerdos como para hacer unas gachas que, aunque no eran tan ricas como las que se hacían con la grama[3] que eran dulces, tampoco estaban mal. A ella le encantaba la raíz de la remolacha que le dejaba los dedos teñidos de rojo. Pero sus preferidas eran las frambuesas, las moras y las fresas, había que aprovecharlas bien porque enseguida se acababan y hasta el año siguiente no volvían.

Con el tiempo la niña aprendió a hilar las fibras que obtenían de la planta de la ortiga[4] para hacer la ropa que llevaban sobre todo en verano y que a menudo teñían de azul con la planta del añil[5] que crecía en los prados. La ropa de invierno la confeccionaban con pieles bien curtidas que cosían con agujas hechas de hueso. Castores, ardillas , turones , tejones , zorros  y linces se las proporcionaban.

La curiosidad que sentía por todo desde que nació, le hizo también aprender a hacer las jarras y las ollas que utilizaban en las ceremonias importantes y las que usaban para cocinar. Al principio le pareció muy divertido hacer rollitos de arcilla que se iban colocando sobre una base, unos encima de otros siguiendo la forma que iba a tener la pieza, pero una vez que aprendió la técnica, su interés se diluyó. No iba a ser ceramista toda su vida, decidió.
Vasija de cerámica


Y efectivamente no lo fue, porque al alcanzar la edad requerida fue la elegida para unirse al nuevo jefe del poblado. Un hombre joven y fuerte que había demostrado su valía en más de una ocasión, dirimiendo conflictos entre ellos y también con los poblados vecinos.

Construyeron su cabaña de madera bien ensamblada, con la puerta, como todas las demás, mirando al mar. Había quien pensaba que se hacía así para poder mirar la gran masa de agua salpicada de pequeñas islas, nada más despertar, pero para muchos significaba saber si el día iba a ser bueno para pescar o, por el contrario, una tormenta o una fuerte marejada les iban a impedir salir. No necesitaban que fuera muy grande porque solo les servía para dormir y como almacén. En el exterior se hacía una fogata para cocinar y agruparse en torno a ella al caer la tarde para escuchar las historias que los más viejos contaban.

El tiempo pasó, ella ya tenía 17 años y seguía sin tener hijos, se preguntaba si alguna maldición desconocida que le impidiera tenerlos la habría marcado, no quería creerlo pero a veces sucedía que algunas mujeres murieran de viejas sin haber parido nunca y eso solo a los dioses se le podía atribuir. Pero este no iba a ser su caso, por fin quedó embarazada y se sintió llena de dicha, una nueva vida salida de ella misma se iba a unir al poblado.
Enterramiento de Vedbaek


Llegó el día del parto, que fue lento y muy doloroso. La criatura no parecía dispuesta a nacer. Dos días duró y cuando al fin el parto se produjo, el niño, pues era un varón, nació muerto. La sangre no dejaba de manar del cuerpo de la mujer y no hubo nada que se pudiera hacer. Al final murió junto a su hijo recién parido.

Todo el poblado participó en las ceremonias, no en vano eran la mujer y el hijo del jefe. Les trasladaron al vecino lugar donde enterraban a sus muertos y cavaron una tumba que acogería a ambos. A ella la vistieron con un traje decorado con filas de cuentas de concha de caracol y una gran cantidad de adornos; un collar hecho de dientes de jabalí y cerca de 200 jabalíes y ciervos rodeándola. Su largo cabello rubio se extendía sobre un paño decorado como el vestido, que hacía de almohada.

Su rostro y su pelvis fueron cubiertos con una buena cantidad de ocre rojo y a su lado extendieron el ala de un cisne sobre la que colocaron amorosamente a la criatura que nunca llegó a ver la luz. Le enterraron con un cuchillo de sílex, igual al que hubiera llevado si hubiera llegado a la edad adulta y junto a un recipiente de madera lleno de ocre rojo con el que espolvorearon su pequeño cuerpo.

El cisne capaz de caminar sobre la tierra, nadar en el agua y volar en el aire, es experto en moverse en mundos muy diferentes, esto unido a su peculiar belleza, le hizo ser elegido el mensajero de los dioses. Así lo pensaban las poblaciones sami del siglo XIX.

La mujer y su hijo fueron enterrados en Vedbaek, en la costa de Dinamarca, hace unos 6000 años.

Recreación del enterramiento


[1] Delfines de pico blanco y de nariz de botella
[2] Anillada, arpa y gris
[3] Glyceria fluitans
[4] Urtica dioica
[5] Isatis tinctoria

viernes, 22 de mayo de 2020

LOS AMANTES DE SUMPA


El niño tenía cinco años y esperaba expectante el nacimiento de la nueva criatura. Su cabaña estaba junto a la de la mujer que iba a parir y a él le gustaba mucho mirarla, era hermosa y cariñosa con él y siempre tenía algo para darle cuando estaba enfadado o triste, una concha bonita, un puñado de caracolillos de mar o una fruta.

Las mujeres entraban y salían de la cabaña apartándole cada vez con menos cariño, hasta que le gritaron que se fuera por ahí a jugar y dejara de molestar. Las mujeres siempre gritaban cuando estaban de parto, era lo normal, pero los gritos de esta le llegaban al alma y solo quería que aquello acabara de una vez. El llanto de un bebé acabó con todo aquello. Corrió hacia la puerta de la cabaña y en cuanto pudo, se coló dentro. La mujer lo vio y le llamó

─ Mira qué cosa tan bonita tengo para ti- le dijo mostrándole a la niña recién nacida.
─ ¿Para mí? – se asombró él. Yo no puedo darle la teta, ni bañarla, ni hacerle nada.
─ Bueno, todo eso lo haré yo pero tú podrás cuidar de ella y enseñarle todo lo que sabes porque eres mucho más mayor y para cuando ella pueda aprender cosas, aún lo serás más. ¿La cuidarás cuando yo esté ocupada?

Embarcación
El niño asintió muy seriamente y se propuso hacerlo sin dudarlo ni un momento. Cuando se madre salía a recolectar siempre la llevaba consigo atada a su espalda, a veces la dejaba en el suelo envuelta en una fina piel de zorro para descansar y adelantar el trabajo, entonces aparecía él, como de la nada, para sentarse a su lado mirándola fijamente. La madre sonreía y cuando acababa su tarea le daba una recompensa, una fruta o un puñado de bayas que él recogía agradecido aunque su mayor recompensa era mirar a aquél ser pequeñito que, cuando estaba despierta, le miraba fijamente y le dedicaba algún gorjeo. 

Al correr del tiempo el niño siguió fiel a su promesa y los dos se convirtieron en inseparables. Juntos iban a pescar y él le enseñó a hacer redes de atarraya con las que era muy fácil pescar en la misma orilla del mar o en los esteros, y anzuelos de espinas de cactus para pescar con caña desde las rocas donde batía el mar. A distinguir los caracoles más ricos de los que solo servían para jugar una vez vaciados o para hacer colgantes y también a cazar.

Al principio cazaban piezas pequeñas como ranas, sapos, culebras o lagartijas y cuando ya adquirieron maestría, loros, conejos o ardillas. Los venados y los antílopes estaban reservados para los hombres adultos pues su captura constituía todo un honor. Sin embargo los zorros estaban al alcance de los adolescentes que se afanaban en lograr esquivar la astucia de esos animales y hacerles caer en sus trampas. De ellos no solo se consumía la carne, la piel era muy apreciada así como los dientes que se utilizaban sobre todo en las ceremonias fúnebres. A veces incluso conseguían cazar un oso hormiguero.

Red de atarraya
Ambos habían desarrollado una gran habilidad para hacer sus armas de caza. Para las jabalinas y lanzas buscaban la madera más resistente y ligera a la vez, para que volara como el viento y se clavara con precisión en el blanco elegido. Los cuchillos para desollar las piezas cobradas los hacían con tiras de cañas que afilaban con sumo cuidado hasta que eran capaces de cortar una hoja en el aire.

La comida era un verdadero festín, siempre había algo delicioso que llevarse a la boca, ya fuera carne, pescado, vegetales o frutas que crecían sin ayuda de nadie. El maíz era el menos abundante pero estaba tan rico que pronto aprendieron a cultivarlo para tenerlo disponible siempre que quisieran. Unos viajeros que venían de tierras del norte, les enseñaron a utilizar bien ese grano para que fuera un buen alimento. Primero había que cocerlo con agua y cal para después con esa masa hacer tortillas, pero ellos también lo comían asado al fuego y estaba igualmente delicioso.

Para cultivarlo su pueblo había ideado unas herramientas hechas con grandes conchas marinas que hendían fácilmente la blanda tierra. Ellos también colaboraban en esta tarea porque siempre querían aprender nuevas cosas. Y casi sin darse cuenta ya eran adultos y les llegaba la hora de emparejarse. A nadie se le ocurrió la idea de buscarles pareja, todos sabían que eran el uno del otro sin lugar a dudas y solo había que levantar su propia cabaña y disponer la fiesta de la unión en la que todos sin excepción participarían.

Anzuelos
Una mañana fueron al bosque a buscar todo el material necesario para hacer su cabaña, sus amigos les acompañaron para poderlo llevar al poblado en el mismo día. Estaban tan impacientes por verla terminada que al regresar ya querían comenzar a levantarla, pero sus compañeros les hicieron ver que pronto se haría de noche y era mejor esperar al día siguiente.

Apenas había despuntado el día cuando comenzaron  la tarea. Alisaron bien el terreno y cavaron una zanja circular donde asentar las ramas largas y flexibles que dispusieron en alto alrededor de un punto central, amarrándolas sólidamente. Luego fueron cubriendo el espacio entre ellas con hierba y otras ramas más pequeñas hasta que la superficie quedó completamente cubierta. El hueco de la puerta lo colocaron, al igual que las demás cabañas, en dirección nordeste porque ese era el punto donde menos soplaba el viento. Cuando acabaron la miraron con satisfacción y alegría. Les había quedado perfecta, tenía un diámetro de un metro y medio, el tamaño ideal para estar cómodamente los días de lluvia intensa y resguardarse del viento en las noches de la temporada seca.

Y su vida en común continuó sin sobresaltos, cada día participaban en las tareas comunales, pescaban y se bañaban en el mar entre risas y juegos. Otros días salían a cazar o a recoger vegetales y aunque esta era una tarea que solían hacer solo las mujeres él las acompañaba porque no quería estar separado de ella ni por un momento, seguía teniendo en su mente la promesa que le hizo a la madre el día de su nacimiento.

Cabaña
Pero un día ella enfermó y nada pudo hacerse para que sanara. Se sintió morir y se abrazó a él con fuerza.
─ Tengo miedo- le dijo
─ No lo tengas, yo estoy aquí y no me voy a separar de ti ni por un momento. Si tú mueres moriré contigo, haremos el viaje juntos.

Así sucedió,  ella hundió su cabeza en el pecho de él y la cubrió con su  brazo izquierdo. Él le rodeó la cintura con su brazo derecho y le pasó la pierna derecha sobre la cadera. Ella expiró y él se dejó morir sin moverse y sin dejar de acariciarla.

Los enterraron al lado de su casa, con la cabeza hacia el este y respetando su postura. Sobre los cuerpos depositaron seis piedras grandes para que les protegieran en el camino que tenían que recorrer. Él tenía 25 años y ella 20 y no habían dejado de quererse ni un solo día.

Vivieron en el extremo occidental de la península de Santa Elena en Ecuador hace unos 10.000 años.




jueves, 14 de mayo de 2020

LOS HERMANOS DISCAPACITADOS

La llegada del verano, después de tantos meses de frío intenso y nieve que lo cubría todo, era celebrada por todo el grupo con intensidad. Era la época de recolectar los frutos, bayas y raíces que ahora asomaban, las hierbas medicinales  y las setas que la chamana usaba para sus sesiones con la Diosa Madre de todas las cosas. Todos participaban en estas tareas que eran un motivo de regocijo. Y cuando el verano avanzaba y la despensa se había ido llenando era también el momento de celebrar uniones y festejarlas colectivamente.                                       
                                                  Los niños de Sungir. Reconstrucción de Visual Science
A ella le tocaba ese verano, ya había recibido el anuncio de la Diosa en forma de la sangre que le llegaba cada luna y estaba preparada y emocionada. Tendría su propia cabaña hecha con las pieles de los renos y los huesos de los mamuts que habían cazado durante el invierno y si no fueran suficientes irían al sitio donde iban a morir los más viejos; allí recogerían los huesos largos que sostendrían las pieles y también los pequeños con los que harían un suelo que después también cubrirían con pieles, dejando un espacio en el centro para el fuego donde cocinarían y que también les calentaría, ese fuego que alimentarían con huesos de mamut.

Aquel invierno ella se había entrenado en la caza, glotones, zorros árticos, ardillas, marmotas y algún lobo gris pero todavía no había empezado con los grandes animales como los bisontes, los renos y por supuesto los mamuts, los más difíciles no solo por su tamaño sino también por su inteligencia. Cuando adquiriera más fuerza y destreza podría acompañar a los hombres para ir aprendiendo sus estrategias.

Había elegido los dientes y las patas de los zorros más bonitos para hacer adornos que el día de su unión regalaría a su hombre. También había seleccionado las partes del marfil de mamut idóneas para hacer cuentas, que cosería a su traje de ceremonia y collares para él y para ella. Era una buena artesana y disfrutaba con ese trabajo que no todos eran capaces de hacer. A ella le había enseñado su madre y a ésta su abuela y así hasta perder la memoria de quién había empezado a hacerlo. También era hábil  tallando figuras de animales y bastones de marfil, que guardaba para las ceremonias que lo requerían.

Recreación de poblado

Y el día de su unión llegó sin que ella supiera hasta ese momento a quién habían elegido como su compañero. Esperaba que fuera el joven fuerte y atlético que había destacado en la caza durante el invierno, pero también podía ser ese otro de mirada dulce y por el que se sentía fuertemente atraída. Su sorpresa fue muy grande cuando le anunciaron que sería el líder del grupo que había quedado solo al morir su compañera en un accidente de caza. Era un hombre que a ella le pareció demasiado mayor pero no tenía más remedio que aceptarlo, era él quien la había elegido y eso suponía un gran honor.

Después de que la celebración concluyera, empezarían los preparativos para trasladar el campamento al emplazamiento del invierno siguiente, nunca pasaban dos inviernos seguidos en el mismo sitio. Los mamuts y muchos de los animales que servían de sustento al grupo, se trasladaban. Pero todos volverían al otro invierno porque el lugar era bueno, tenía agua no solo del río sino también de manantiales que se alimentaban del deshielo primaveral y que permitían que crecieran las plantas que tanto los animales  como ellos necesitaban para alimentarse.

En el siguiente invierno, las mujeres se prepararon para atenderla en el parto de su primer hijo, pero el nacimiento se retrasaba. Ya había superado con creces los diez meses lunares que duraban los embarazos y eso les preocupaba, el bebé sería demasiado grande para su cuerpo casi de niña. Por fin llegó el parto, doloroso y lento, muy lento, las mujeres se afanaban masajeando su vientre y preparando sahumerios con plantas que le ayudaban a respirar mejor, pero el bebé no salía por mucho que ella se esforzaba y así pasó un día entero hasta que por fin la criatura logró nacer.
Caballito y bastones

Enseguida vieron que no era un bebé normal, respiraba afanosamente y tenía un color lívido, no lloró como el resto de los recién nacidos, apenas un gañido sin fuerza, pero sobrevivió y su madre consiguió, no sin esfuerzo, que se pegara al pecho rebosante de leche.

El niño fue creciendo pero nunca fue capaz de caminar. Respiraba con un ruido sordo y no era capaz de articular sonidos, tampoco engordaba como los demás, pero ella lo cuidaba tiernamente, era su niño, su primer hijo.

En el invierno siguiente cuando supo que de nuevo estaba embarazada, sintió tanto miedo como alegría. No creía tener fuerzas para soportar otro parto como el anterior pero, se dijo que no tenía por qué ser así necesariamente, su cuerpo se había ensanchado y era más fuerte que entonces. Esta vez todo saldría bien.

Efectivamente el parto fue mucho más rápido pero cuando miraron a su hijo, vieron que tampoco este era un niño como los demás. Sus muslos eran muy cortos y estaban anormalmente arqueados, nunca podría caminar tan ligero y rápido como debía hacerse en los desplazamientos periódicos del grupo.

Al destetar a su hijo mayor descubrió que el niño no era capaz de masticar, no tenía fuerza en la mandíbula y a duras penas podía tragar gachas. La chamana reunió a los miembros del grupo y les confirmó lo que ya suponían, los niños que nacen con dificultades que les convierten en tullidos y los que nacen ya tullidos, son hijos de la Diosa Madre, sus hijos preferidos. Han sido elegidos por Ella y esa era su manera de distinguirlos del resto. Todos se afanarían en ayudarles a salir adelante.

Cuando el niño mayor creció, le construyeron unas parihuelas acolchadas con pieles de reno para llevarle en los traslados de campamento y todos se turnaban para hacerlo. También ayudaban al pequeño llevándolo a cuestas en los tramos más difíciles. Y así alcanzaron los 10 y 12 años respectivamente.
Cuentas de collar y colgantes

Y un día los pequeños amanecieron con mucha fiebre y el problema que el mayor tenía para respirar, se agudizó de tal manera que su madre temió por su vida. El padre fue a buscar a la chamana que le entregó unas hierbas para que tomaran en infusión y otras para hacer sahumerios. Pero no solo no mejoraron sino que el padre también enfermó de la misma manera y al cabo de unos días los tres murieron.

Todo el grupo se preparó para el entierro. Ella tuvo que confeccionar rápidamente las cuentas que le faltaban para adornar el traje ceremonial con el que iban a enterrar a los tres, los niños por ser hijos de la Diosa y él por ser el jefe del grupo. También recogió un caballo que su hijo menor estaba tallando en marfil pero que, como no tenía la destreza de su madre, no había alcanzado un buen resultado y lo mismo le pasaba a un disco que había intentado tallar.

Necesitó más de 13.000 cuentas que cosió a los trajes  y muchos colmillos de zorro que cosió a los gorros de ambos niños. Utilizó más de 250 dientes de zorro polar para adornar el cinturón de su hijo menor. Una vez vestidos, les colocó varios collares de cuentas de marfil y engarzó sus capas con placas, también de marfi,l con la  forma del mamut al que pertenecieron, asimismo les puso 20 brazaletes del mismo material.

Se cavó la tumba larga y estrecha y se les colocó cabeza contra cabeza para que se protegieran en su viaje al encuentro de la Diosa Madre y con las manos cruzadas a la altura de la cintura. Sus cuerpos fueron cubiertos con ocre rojo y dispusieron una lanza para cada uno y dos bastones de marfil para que se ayudaran en su caminar por esos senderos desconocidos. Sobre el pecho de cada uno colocaron los huesos del fémur de un hombre que había sido un buen corredor.


El padre fue enterrado en las proximidades de la tumba de los niños, con un traje que llevaba 3.000 cuentas de marfil, 12 colmillos de zorro perforados, 25 brazaletes también de marfil y un colgante de piedra. Su cuerpo fue cubierto asimismo de ocre rojo y sus brazos cruzados, al igual que los de sus hijos, a la altura de la cintura.

En total fueron utilizados 80.000 objetos diferentes y todo sucedió hace unos 29.000 años en Sungir, aproximadamente a unos 200 km al este de Moscú, en las afueras de Vladimir, cerca del río Klyazma.

miércoles, 29 de abril de 2020

LA DAMA ROJA

La niña tenía ocho años cuando cayó enferma. Tenía fiebre muy alta y deliraba agitándose convulsivamente. Ninguno de los remedios aliviaba su mal. Su madre imploraba a la Diosa Madre su curación pero Ésta no parecía escucharla. Así pasaron ocho días y al amanecer del noveno, la niña despertó sin fiebre y pidiendo algo de comer. Al cabo de unos días, cuando se vio que estaba plenamente curada, ambas subieron en compañía de la chamana hasta la cueva que estaba por encima de la suya[1].
El Mirón

En esa cueva moraba la divinidad o, por lo menos, se manifestaba allí. La chamana había dicho que tenían que subir para agradecer la curación de la niña, porque era un hecho indiscutible que había sido gracias a su intervención. Salvaron la fuerte pendiente que separaba ambas cavidades y al llegar al abrigo penetraron inclinándose reverencialmente. La chamana ordenó a la madre esperar allí y con la niña se internó hasta la cavidad de la que salían dos galerías; tomaron la de la derecha recorriendo unos 65 metros hasta llegar a un punto en que la galería se estrechaba cobrando una forma abovedada que recordaba a un útero. La galería continuaba pero allí estaba flanqueada por la figura de dos ciervas. La chamana movió la lámpara de sebo que había alumbrado el camino y moviéndola de derecha a izquierda comenzó a recitar una invocación tan antigua que nadie sabía cuándo se había creado. Ante sus ojos las figuras que estaban pintadas en las paredes cobraron vida, las ciervas se movían, corrían y saltaban. La niña miraba asombrada aquel prodigio con el temor que dan las cosas inexplicables.

Cuando la chamana concluyó su ritual, ambas salieron sin hablar y junto a la madre, regresaron a su cueva. Madre e hija sabían que no debían hablar con nadie de lo sucedido, la chamana era la única que podía hacerlo si lo estimaba necesario.
Covalanas

Unos días después la chamana llamó a la mujer. La Diosa Madre me ha hablado, le dijo, enfermó a tu hija, se comunicó con ella mientras estaba inconsciente y una vez sanada, quiso verla en su santuario para probar su valor y su fortaleza. Ha pasado la prueba, continuó, ahora debe dedicarse a Ella por completo y cuando yo muera, será mi sucesora.

A partir de aquél día dejó su lugar habitual en la cueva y se instaló junto a la chamana, se fue desnuda y sin ninguna pertenencia porque ahora su vida iba a ser otra y otras debían de ser las cosas de las que se rodeara. La chamana le entregó las prendas que había confeccionado para ella, un traje de suave piel de gamuza, unas botas, un cinturón para alargar o acortar la falda según la necesidad, una capa de piel de oso para lo más crudo del invierno y una bolsa de piel para guardar las medicinas que tendría que elaborar. Tu misma deberás hacer todo lo que necesites, nadie debe tocar tus prendas ni tus útiles, también tendrás que hacerte un cesto para recoger plantas y setas que luego utilizarás. Tienes mucho trabajo por delante y mucho que aprender, no creo que de ahora en adelante tengas tiempo libre.

La niña se entristeció, nunca más iría con sus amigos al bosque a cazar, ni a recolectar, tampoco jugaría con ellos, ni se acercaría al río a bañarse o a pescar. No estés triste, le dijo la chamana, tu vida va a ser mucho más rica que la de todos ellos. ¿Cómo puedes saber lo que estoy pensando?, se atrevió a decirle. Ella rió, esa es solo una de las cosas que pronto aprenderás y que te harán diferente a los demás. Le dio un beso en la cabeza y le conminó a arreglar su estancia.

Covalanas
Periódicamente ambas subían a la cueva y allí entre las ciervas pintadas por sus antepasadas, recibió instrucción, aprendió a mantener la mente en silencio para poder escuchar lo que la Diosa le quisiera decir; a comunicarse con los seres invisibles que poblaban el mundo y a los cuales nadie podía ver ni escuchar porque tenían sus sentidos constantemente llenos de palabras, pero que estaban ahí rodeándoles. También aprendió a comunicarse con los árboles, tan sabios y, ya en el propio bosque, a distinguir las plantas sanadoras de las venenosas y a conocer el poder de algunas setas. Empezó a conocer a las estrellas del cielo y cómo le indicaban qué rumbo debía seguir cuando era de noche. Ciertamente no tuvo tiempo para echar de menos nada de su vida anterior.

Cuando la chamana murió, ella le sucedió. Ahora era ella la que dirigía las ceremonias anuales en la cueva. Ante la cierva grande de más de un metro, pero también ante las otras no mucho más pequeñas, desarrollaba la narración aprendida y con ayuda de las lámparas de sebo, hacía que las ciervas se animaran y parecieran cobrar vida.

Su fama se extendió y venían muchas otras tribus para consultarle o para que sanara a enfermos cuya dolencia no curaban sus propios chamanes. También empezaron a llegar desde lugares lejanos a las ceremonias principales que se desarrollaban en la cueva sagrada.
El Mirón, grabado del enterramiento


Su tribu fue cobrando prestigio y estas visitas les permitieron comerciar con objetos y materias primas que traían consigo y aprender nuevas técnicas y nuevas maneras, a la vez que ellos les enseñaban las suyas. Así fue como conocieron el ocre más perfecto y brillante que jamás vieron y el lugar de dónde se extraía, un monte[2] pegado al mar a una media jornada de distancia.

Pero todos sus conocimientos sobre dolencias y sus remedios y sobre los fenómenos visibles e invisibles,  no la preservaron de una muerte un poco prematura. Era una mujer sana y fuerte cuando murió a los 35 años. Llevaba una dieta rica en carne, moluscos y vegetales, además de setas, principalmente boletus.

Su gente, consternada la preparó para un gran entierro. Depositaron su cuerpo en el monte, haciendo guardia para preservarla de los animales, hasta que se descarnó. Mientras tanto eligieron un lugar en la cueva alejado de la entrada y en el techo grabaron los motivos que la identificaban como la gran chamana que era. Una vez preparado el sitio, separaron el cráneo y los huesos largos del resto del cuerpo y los preservaron en otro lugar.

El resto del esqueleto fue colocado de lado y con las piernas flexionadas, lo recubrieron con el ocre brillante del Monte Buciero y lo taparon con pieles, después  depositaron  sobre el conjunto una gran cantidad de flores.
Es posible que los huesos separados del cuerpo, fueran llevados a la cueva sagrada y allí recibieran homenaje en las fiestas señaladas, pero de esto no hay constancia alguna.

El Mirón
La mujer fue enterrada en la cueva de El Mirón (Ramales de la Victoria, Cantabria), hace unos 18.700 años. Sus descubridores decidieron llamarla “La Dama Roja” por la cantidad de ocre de ese color que la cubría.



[1] Cueva de Covalanas, Ramales de la Victoria (Cantabria)
[2] Monte Buciero, en Santoña

lunes, 11 de febrero de 2013

LOS GEMELOS

La mujer se retiró a su cabaña, sabía que estaría sola porque el resto de su familia estaba trabajando. Los hombres habían salido a cazar mamuts y tardarían varios días en regresar. Con ellos se había ido su prima, una mujer de gran envergadura y fuerza similar a la de cualquier varón quien desde pequeña se había entrenado en el lanzamiento de la jabalina y que, por su gran puntería, figuraba en todas las partidas. Las mujeres jóvenes habían salido a pescar al río y las mayores se habían reunido con los niños pequeños en la vivienda en la que confeccionaban la ropa del grupo. 

Se dirigió al lugar donde estaban su lecho y sus pertenencias. Sacó una bolsa de piel de mamut cerrada con los tendones del animal y de ella extrajo una pequeña figurilla de piedra caliza. Representaba a una mujer de grandes pechos y vientre abultado. Hacía tiempo que la tenía, la había recibido de manos de la chamana del santuario que había en la Gran Cueva, que estaba más hacia el sur siguiendo el curso del río. 

Nunca se la había mostrado a nadie, la sacaba para dirigirle sus plegarias cuando estaba segura de estar sola. Ahora solo tenía una petición pero era de tal importancia, que había relegado cualquier otra a un tiempo futuro para concentrarse solamente en ella. Una vez terminaba, se preparaba las hierbas que tenía que tomar para tratar de quedarse embarazada. El ritual que seguía, acababa cuando la volvía a tomar en sus manos y, después de dedicarle un último pensamiento, la envolvía en un trozo de gamuza suave, teñido de ocre devolviéndola al fondo de la bolsa. 

Tenía ya 18 años y todavía no había parido ningún hijo, si en la siguiente luna todo seguía igual, tendría que ir al santuario. El viaje duraría varios días, pero su esfuerzo siempre se había visto recompensado y no tenía por qué dudar que esta vez fuera a ser de otra manera. Sin embargo, prefería no hacerlo, la primavera se acercaba y eso significaba que habría que cambiar de asentamiento, para seguir a los mamuts en su viaje hacia el norte, donde estaban los pastos de verano. Demasiados viajes en tan poco tiempo. 

Se concentró aferrando con fuerza la imagen entre sus manos, cerró los ojos y se imaginó con el vientre tan abultado como el de ella y los pechos rebosantes para llenarse de leche en cuanto naciera su bebé. Recordó el momento en el que recibió la figurilla de manos de la mujer que dirigía sus plegarias, que les ayudaba a conectar con ese otro lugar, tan real como el cotidiano, donde las posibilidades se cruzaban y se hacían realidad. Lo revivió para tratar de llegar ella sola hasta allí a solicitar eso que tanto deseaba. Volvió a la realidad de todos los días, guardó de nuevo la pequeña escultura y salió de la cabaña. 

Se reunió con las mujeres que volvían del río y colaboró en la limpieza del pescado. Separaron una parte para comerla en el día y prepararon el fuego para ahumar lo demás. De esta manera iban preparando los alimentos que necesitarían en su desplazamiento. Harían lo mismo con la carne de los animales que trajera el grupo de caza. Una vez terminada la preparación se guardaba en bolsas de red muy poco tupidas, que se suspendían de las vigas de hueso de mamut de las cabañas, para que el aire penetrara y ayudara a la conservación. 

Mientras ellas se afanaban, los mayores se encaminaban a las viviendas para encender el fuego que les calentaría hasta el amanecer. Para luchar contra el frío exterior, el suelo estaba rehundido, las paredes tenían una altura de un metro de piedra y el resto era de madera. Las vigas que sostenían el tejado vegetal, eran de hueso de mamut. Sólidas estructuras que podían aguantar el peso de la nieve que se acumulaba en el larguísimo invierno. 

Los días pasaban y los preparativos para el traslado de primavera seguían su marcha mientras ella planificaba el viaje al santuario, por si fuera necesario. Pero no lo fue. A la llegada de la siguiente luna, no sangró, ni tampoco a la otra, cuando ya se encontraban en camino. Al llegar al campamento de primavera estaba completamente segura de que, por fin, iba a ser madre. Ahora, cuando sacaba a la figurilla, era para darle las gracias y pedirle fuerza y salud para que todo fuera bien. 

La reunión con las tribus que ocupaban todo el extenso territorio en el que se movían, se producía a principios del verano. En ella se hacían todo tipo de intercambios, desde los diferentes productos que elaboraban hasta los descubrimientos y las ideas que se les habían ocurrido en el transcurso del año. Se hablaba de todo lo que podía ser de interés para ellos. Los que vivían cerca del río, hablaban de las gentes que lo surcaban, a veces completamente desconocidas, de lenguas extrañas y exóticos objetos. Los que provenían de las regiones más septentrionales hacían lo propio. Los jóvenes aprovechaban para conocerse y, si era posible, emparejarse.
 
En el tiempo transcurrido ella había engordado mucho, tanto que las mujeres-medicina pidieron permiso para examinarla, podía ser que fuera a tener más de una criatura y eso siempre planteaba dificultades, muchas veces los partos acababan con la vida de la madre o de los bebés. Ella les dejó que le palparan el vientre y pusieran sus oídos sobre él para tratar de escuchar lo que sucedía en el interior. La mayoría estaba segura de que eran dos los que vendrían al mundo cuando el invierno empezara a desplegarse. Le dieron consejos y preparados para ayudarla en la ardua tarea que le aguardaba. 

Todavía le quedaba una luna para el final del embarazo, cuando notó las primeras contracciones, esperó hasta estar segura de que era el parto lo que se avecinaba y no cualquier otra cosa y, junto con su madre y sus dos tías, se encaminó a la cabaña de la mujer-medicina. Ésta la examinó y confirmó que todo estaba en marcha. 
El parto duró casi todo el día, ella terminó exhausta y apenas con conciencia. Los bebés, dos niños, eran pequeñitos y pesaban muy poco, pero respiraron con fuerza y la abuela y sus hermanas los acicalaron y cubrieron con las suaves pieles que tenían preparadas. Los días transcurrieron y la madre se recuperó, tenía leche abundante pero no suficiente para que aquellos dos pequeños ganaran todo el peso que necesitaban para sobrevivir. Las mujeres que estaban amamantando a sus hijos, acudían a su cabaña ofreciéndose para hacerlo con ellos, pero los bebés solo querían el pecho de su madre y lloraban inconsolables cuando era el de otra. 

Al cabo de un mes, los bebés empezaron a languidecer y terminaron muriendo. La madre, la abuela y todas las mujeres de la familia, se encaminaron hasta una colina cercana al río, un lugar desde donde se podía contemplar todo lo circundante. Cavaron profundamente. Depositaron los cuerpecitos mirándose, para que no se sintieran solos. Encima colocaron un collar con 31 cuentas de marfil de mamut. Espolvorearon todo con abundante ocre rojo y el conjunto lo cubrieron con un omóplato de mamut. Rellenaron la tumba con la tierra y lanzaron una plegaria para asegurar su conservación. Lo último que querían era que terminaran sirviendo de alimento a cualquier animal. 
Su plegaria surtió efecto porque 27.000 años después, los encontró un equipo de arqueólogos a orillas del Danubio en Krems-Wachtberg, Austria. Era el primer enterramiento de bebés que se había encontrado en el mundo entero.

lunes, 4 de febrero de 2013

TRES REPOSAN JUNTOS

Cuando nació todos pudieron ver que la niña no era como las demás. Su columna vertebral estaba claramente torcida y tenía el brazo izquierdo y la pierna derecha más cortos. Posiblemente tuviera manchas rojas en la cara y parte del cuerpo, porque van asociadas a la enfermedad genética que padecía, pero eso no lo podemos asegurar. La madre la recibió con una mezcla de miedo y de respeto, era un ser diferente, estaba marcado por el Ser Superior que todo lo puede. Tenía el deber de cuidarla y protegerla hasta que se decidiera qué iba a ser de ella.
Avisaron a la chamana de la tribu que la recibió en sus brazos, la miró y se la llevó a su cabaña. Era la única que tenía una individual y de forma diferente a las demás, donde modelaba imágenes en arcilla que luego cocía en un horno rudimentario que se alzaba en el centro de la vivienda. El horno no era más que un hoyo en la tierra y una cubierta abovedada de piedra, donde el fuego alcanzaba la temperatura suficiente para cocer sus obras. También tallaba figuras en marfil y pequeños útiles de sílex. El suelo estaba pavimentado con cantos rodados y una serie de postes sostenían el techo vegetal. La vivienda acogía a otros miembros del grupo, cuando ella lo consideraba necesario, y allí llevaban a cabo ritos acompañados por la música de las flautas. 
En esta ocasión entró sola para observar detenidamente a la criatura y determinar qué hacer con ella encomendándose a ese Ser superior que controlaba las fuerzas de la naturaleza y la vida de todo lo que les rodeaba, incluidos ellos mismos. Salió al cabo de un rato y se la devolvió a su madre, encargándole que la cuidara hasta que llegara el momento de destetarla, entonces debía entregársela a ella. Con el paso del tiempo, las manchas rojizas le fueron desapareciendo y aunque tardó en aprender a andar, finalmente lo hizo aunque con mucha dificultad. Los niños de su edad la ayudaban y la protegían constantemente, sabían que era una elegida. Al cumplir los 3 años, su madre la destetó totalmente y la llevó a la cabaña de la chamana, le dijo que se sentara en la puerta y esperara a que ella le permitiera pasar.
Desde donde estaba se veía todo el poblado, un grupo de cabañas con forma ovoidal y cubierta de pieles, en cuyo centro una abertura permitía salir el humo del hogar. Dentro vivían unas 25 personas, entre adultos y niños, agrupadas en torno a la mujer de mayor edad que era la que tomaba las decisiones familiares. Las cabañas se apiñaban para tratar de no perder el calor, la mayor parte del año hacía mucho frío y durante meses la nieve cubría todo lo que la vista alcazaba a ver. La niña lo miró todo con atención, nunca antes había tenido esa perspectiva. Estaba prohibido acercarse a aquella vivienda, a menos que su dueña lo permitiera expresamente y los niños nunca habían tenido ese permiso. Sentía miedo, no sabía qué le aguardaba.  
La chamana salió, la tomó de la mano y la acogió en su casa. Allí la encomendó a la Divinidad para que, desde ese momento, fuese su servidora. Su dedicación no la excluía de la vida en sociedad, muy al contrario. Todos los días, después de cumplir con los ritos que le enseñaba su maestra, salía a reunirse con el resto de los niños para desarrollar todas las actividades que la vida les imponía. Eran las personas mayores, sin problemas graves de movilidad, las encargadas de enseñarles. Unas veces iban a recoger plantas, así aprendían a distinguir las que eran comestibles o curativas y la manera de recolectarlas. Otras aprendían a tirar con honda, con arcos y lanzas de su tamaño, así como a fabricar trampas para cazar pequeños animales. A veces ayudaban a cocinar a las personas que ese día les tocaba hacerlo. También aprendían a confeccionar la ropa que llevaban, a curtir las pieles y a fabricar los útiles necesarios. 
A medida que iba creciendo, iba haciendo más intensa su relación con uno de los niños que, desde el primer momento, se erigió en su protector ayudándola cada vez que lo necesitaba. La chamana le advirtió sobre ello, recordándole que ella estaba dedicada a la Divinidad y como tal, tenía que unirse al joven que estaba preparando para ese fin, cuando se cumpliera el tiempo prescrito. Pero en aquel entonces, como ahora, rara vez los adolescentes escuchan a los adultos, aunque se trate de chamanes y algo invisible esté en la trama. Así que ella siguió adelante con su relación tratando de disimularla. 
Cuando tuvo su primera menstruación, la chamana la acompañó a la cueva donde se reunían las jóvenes durante ese período y allí la instruyó en lo que se debía hacer en esos días en los que la Divinidad se mostraba de manera más clara. Ya faltaba poco para que llega el día en el que se consumaría el plan que estaba trazado para las personas que, como ella, estaban marcadas por La que Todo lo Puede, desde el principio de su vida. Pero algo irremediable había sucedido. La joven estaba embarazada. 
La chamana se encerró en su cabaña, ayunó y cumplió escrupulosamente con todo lo establecido para alcanzar la iluminación y saber qué hacer. Al cabo de tres días, salió y anunció a todos que el plan seguiría adelante incluyendo al joven responsable del embarazo. La muchacha se uniría al joven que le estaba destinado y cumplirían con todo lo necesario. Así se hizo hasta el ritual final. Cuando llegó el día indicado, los tres vistieron la ropa que se había confeccionado para la ocasión y se encaminaron al lugar destinado a ese tipo de ceremonias.
Unos 26.000 años después volvieron a la luz. Los jóvenes, de entre 17 y 23 años, reposaban juntos. Las cabezas mirando hacia el sur, ella en el centro con el feto todavía en su interior. A su izquierda yacía uno de los hombres, boca abajo. A su derecha, reposaba el otro joven acostado boca arriba, con un brazo sobre el cuerpo de ella. A los tres se les había cubierto la cabeza con ocre rojo, que también cubría los genitales de la mujer, hacia los que apuntaba un cuchillo de sílex, que pudo ser el que les quitó la vida ya que los tres fueron sacrificados ritualmente. Alrededor de sus cabezas, se depositaron dientes de lobo. Sobre ellos se instaló una cubierta de madera y ramas a la que se prendió fuego.
Los sacrificios rituales de personas con malformaciones no eran un hecho aislado, hay muchos ejemplos, sobre todo en Europa central. Este que os he ofrecido se encuentra en Dolní-Vestonice, República Checa.